ES LA SEGUNDA potencia económica mundial, y su Producto Interior Bruto ha crecido seis décimas en el segundo trimestre del año en curso. Sin embargo, lleva más de medio siglo sin ejército. Japón renunció a la guerra en el artículo 9 de su Constitución de 1947. Había padecido dos bombardeos nucleares, y la capacidad de resistencia individual de sus combatientes se mantenía incólume. Hubo militares japoneses que, por falta de información en los aislados reductos donde se hicieron fuertes, resistieron hasta veinte o veinticinco años después de la guerra, con la misma combatividad y renuencia a la entrega que demostraron a lo largo de todo el conflicto. Era duro y costoso atraparlos vivos, y resultaba tan sorprendente su capacidad de lucha como su derrumbamiento físico y psicológico al caer prisioneros. Podían combatir hasta la extenuación y la muerte pero, si caían en poder del enemigo, su entrega en cuerpo y alma, sin rencor, evasivas ni ánimo de ocultar información alguna, resultaba absolutamente insólita en cualquier prisionero de guerra. Tan insólita como para que el Alto Mando del Pacífico pusiera tan inaudito comportamiento en manos de la antropóloga Ruth Benedict, autora, años después, de El crisantemo y la espada , un libro clásico e imprescindible para cualquier aproximación al carácter japonés. Benedict interpretó que, para el soldado japonés, caer vivo en manos del enemigo significaba la quiebra física y espiritual de la viga maestra que sustentaba el honor de un guerrero del dios que era el Emperador. El soldado japonés prisionero era un ser vacío de dignidad y honor, un ser hueco, un ser sin ser, un montón de harapos. Muerto, era un destello victorioso de la divinidad por la que había dado la vida. Vivo, derrotado y prisionero, era ceniza en el fondo de una escupidera. Cuando el emperador Hirohito visitó el Consejo Supremo que debía resolver la situación el día 9 de agosto de 1945, se encontró con que el mando del Ejército pretendía mantener las hostilidades, mientras que el de la Marina se inclinaba por la rendición, y que el viejo almirante Suzuki ponía la decisión en manos del emperador, es decir, de Dios. Hirohito sacó un libro de poemas de su abuelo, y, en voz alta, leyó: «Mirad al cielo/ ¿creéis que la suerte de un hombre/ incluso el más poderoso, puede hacer parpadear a una estrella?». Aquello significaba la rendición sin necesidad de mencionarla. La Constitución del nuevo Japón, aprobada dos años después, retiraba al emperador su condición divina y establecía la renuncia del país a la guerra. Han pasado cincuenta y seis años, y Japón se encuentra en la plenitud de una encrucijada marcada por el terrorismo, por un régimen tan nuclear, imprevisible y canalla como el de Kim Jong Il, y por una potencia atómica tan impenetrable y envolvente como puede llegar a ser China. Un poeta budista dijo: «Jamás corras al encuentro con la guerra. Si existe esa cita, esa cita no es tuya. Es de la guerra, y dará contigo».