HACE POCO participé en un curso sobre rehabilitación que la Universidad Internacional de Andalucía organizó en Tetuán. Hay una apreciable diferencia entre los ensanches coloniales de las ciudades que allí consideran «del sur» -Casablanca, Fez, Marraquesh, Rabat- y las del antiguo Protectorado. Si en Casablanca se mantiene indeleble la impronta francesa, lo mismo sucede con la huella española en Tetuán. El irresistible atractivo de las ciudades de nuestros vecinos del Magreb está en sus medinas, un mundo laberíntico, cerrado púdicamente sobre sí mismo, que guarda en sus entrañas, tras altas tapias y sombríos pasadizos, bellísimos patios y jardines, estancias confortables, casi lujosas en la economía de sus materiales, que trascienden apretada humanidad. El salon marocain ha sido dispuesto generación tras generación para recibir y compartir con el visitante un tiempo que transcurre moroso, arrullado por el sonido del agua en la taza de la fuente. Lejos queda el ajetreo del zoco, el tráfico bullicioso de las calles rectilíneas y calcinadas trazadas por los europeos. En la medina de Tetuán y en otras villas del antiguo Protectorado la Junta de Andalucía lleva doce años promoviendo y dirigiendo la rehabilitación, no sólo de los edificios sino también del tejido social. El programa, coordinado por Luis Tamarit, restaura las casas, alienta la transmisión de los oficios tradicionales de viejos a jóvenes, recupera archivos familiares, dota de servicios, coopera con las asociaciones locales, crea empleo y edita magníficas guías. Se practica, en una palabra, el sentido común de la arquitectura. Los colegas Paco Torres y Ramón de Torres, que se mueven por aquel dédalo con la familiaridad que dan los años de trabajo a pie de obra, nos ayudaron a penetrar un poco más en el espíritu aparentemente hermético de la medina, mientras recordábamos a un amigo común, el poeta José Ángel Valente. Bajo la imponente silueta de la alcazaba, las callejas derivan y se ramifican hasta desembocar en esos adarves, grietas o fisuras por las que, como en los patios de los pueblos abandonados de Baudelaire, se descubre un cielo nítido. Callejones sin salida que se ensanchan apenas para hacer sitio a los umbrales domésticos, donde la casa se hace calle y la calle se hace casa y se comparte la sombra hospitalaria. Las medinas del Magreb conservan tradiciones y formas de vida hace años desaparecidas de nuestras ciudades históricas, pero cuyas huellas se pueden rastrear sin dificultad. El Mediterráneo, con sus dos márgenes, la clásica grecorromana y la árabe, es un complejo cultural que trasciende límites geográficos y llega hasta este Finisterre, hasta Portugal y el corazón de Francia con senderos de confluencia y desencuentro, que son la vida misma. Si tenemos tantas cosas en común y tantas otras por descubrir, no se entiende cómo ese estrecho que debería ser el puente tendido entre dos orillas próximas sigue siendo para tantos hombres y mujeres el Leteo sin retorno de las pateras naufragadas.