AYER no fue un Día de Galicia máis. Fue tristemente singular. La crispación que se vive en la política gallega desde el chapapote del Prestige se sintió. Hubo como siempre múltiples manifestaciones, lo que demuestra la sana pluralidad de la sociedad. Esa parte de la fiesta forma parte del escenario democrático. La Justicia puso cordura y permitió también la convocatoria para protestar por la medalla a Álvarez Cascos. La protesta siempre es legítima. Es normal que haya quien discrepa del que gobierna y de quienes entregan distinciones. Pero no fue un Día de Galicia máis, por culpa de los violentos. Ni la derecha ni la izquierda, ni el nacionalismo, quieren pólvora en las calles. Un grupo de radicales eligió precisamente la noche de los fuegos en el cielo del Apóstol el peor incendio para expresarse. Arrasaron con cócteles molotov cinco sucursales bancarias en el centro de Santiago. Quemaron neumáticos que destrozaron fachadas monumentales en la plaza Cervantes. Miguel de La Mancha se quedaría de piedra ante estos tipos que no entienden que los únicos cócteles que nos gustan a los gallegos son los que se toman en las barras de los bares mientras se dialoga y se llega a acuerdos. Todos los que se manifestaron en un sentido o en otro ayer en Compostela tienen que unir sus fuerzas y pronunciarse sin tibieza sobre lo ocurrido. ¿Qué discurso político hay en unos chavales que se reúnen y planifican un rally de kamikazes por las calles del corazón de Galicia? Todos tenemos que decirles 25 veces no por lo que han hecho. La pólvora es una bofetada, no un discurso ni un acuerdo. La violencia nunca es un camino. Menos mal que sólo hubo daños materiales. Si la actuación de estos descerebrados hubiese tocado sangre, qué cara tendríamos ahora todos. Los experimentos, con gaseosa. No con cócteles molotov.