Carmen

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

14 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

NADA HAY más entrañable que las fiestas marineras de los pueblos del litoral. Mediado julio llega cada año la fiesta de la Virgen del Carmen, patrona de marineros y de marinos. Devoción primera de las gentes que viven orillamar, en pueblos de pescadores que en Galicia salpican toda la costa, y que tienen el dieciséis de julio uno de los días grandes de la pequeña historia local. En estas villas marineras la Virgen del Carmen que preside desde el altar mayor de la parroquia la vida cotidiana y regula las galernas del invierno amparando el dolor de los naufragios, es como una vecina más, y cada año sale en procesión y asiste a la verbena y a los festejos aunque sólo sea en una invocación o en un rezo. Carmen es acaso el más racial de los nombres del santoral español. Merimée, don Prosper, internacionalizó el nombre convirtiendo a quien así se llame en mujeres de rompe y rasga. La ópera elevó a categoría la anécdota, y así fue creciendo la leyenda plagada de acentos del sur y soles de Andalucía. En Galicia, femeneizamos, suavizamos, edulcoramos el nombre y lo convertimos en canción que revienta en los labios. Carmiña, que es la manera mimosa que en mi país se usa para llamar a las Cármenes, con sólo pronunciarlo se deshace en la boca como un terrón de azúcar. Es una de las más bellas de las maneras de pronunciar un nombre, es casi una estrofa definitiva de un poema. Carmela, sin embargo, tiene un no sé qué de juvenil, de adolescente, es como un paso previo para convertirse, para crecer en Carmiña. El mes de julio es el corazón del verano, la mocedad del estío. Todavía no arribaron las brisas de las tardes de agosto, los días menguan despacito, la mar no se agita en las mareas vivas que vendrán, y las lanchas do xeito , se engalanan con gallardetes y banderolas para acompañar a la Virgen en la procesión marítima, cuando la Virgen es patrona y piloto, proel y guardamarina, contramaestre y maquinista, marinero y chó. Las sirenas de las tarrafas, las de los boniteros, las de la flota de altura, que estos días de fiesta recala en el puerto, hacen el contracanto a una salve laica y militar, aprendida en el arsenal de Ferrol, de Cádiz o Cartagena, y que va pasando de padres a hijos como una canción más en el repertorio de la sobremesa de los días grandes de fiesta mayor. Y en una estrofa popular se le pide a la Virgen a coro, a muchas voces: «Nosa Señora do Carmen, que nos dé o vento en popa, que somos os de Marín, Celeiro, Muros, Ribadeo, Carnota, Ribeira, Viveiro, Fisterra... traemos a vela rota». Cuánto recuerdo aquellos días festivos, a los viejos marineros vestidos con traje y corbata, marinero en tierra, honrando una vieja tradición, una bella tradición que siempre comenzaba con la memoria de los náufragos y que duraba hasta comenzar la sesión vermú y asistíamos desde los bares de la ribeira a los primeros compases de la canción del verano. Lo evoco con placer y con nostalgia, contagiada con un algo de tristeza, porque algunas de las mujeres importantes de mi vida: mi abuela, mi madre y mi hermana, tuvieron y tienen el privilegio de llamarse Carmen.