LA CANCIÓN del verano no alcanza su título porque le guste a la gente, sino que le gusta a la gente porque es la canción del verano. A la hora de saber qué ritmo vamos a bailar durante las vacaciones, todos sabemos que la publicidad y el lanzamiento deciden mucho más que los pentagramas y las corcheas, y sólo así se puede explicar que, cuando entramos en la discoteca de moda, nos encontremos a un notario cincuentón en el medio de la pista, cantando y gesticulando el Aserejé como si fuese un chaval. La razón de esta inversión de perspectiva es que vivimos en la sociedad de la comunicación, con más propensión a dejarnos influir por la información que actuar con ella y sobre ella, y por eso estamos en un proceso que, más allá de la anécdota de la canción del verano, tiende a conformar la realidad a imagen de las noticias, en vez de dar las noticias de acuerdo con la realidad. Ayer, por ejemplo, si usted leyó los datos del barómetro de verano, que realiza Sondaxe y publica este periódico, se habrá dado cuenta de que todo sonaba a viejo, y que, mucho antes de conocer los números de la encuesta, ya le habíamos dicho que Rajoy es la mejor baza electoral del PP, que la crisis de Madrid está conectada con intereses inmobiliarios, que las previsiones sucesorias de Aznar arrojan un empate técnico entre Gallardón, Rajoy y Rato, y que la crisis de la Asamblea de Madrid pasa por unas nuevas elecciones. Sin datos objetivos que avalen los hechos, también hay muchos gallegos que son proclives a la inhabilitación de Atutxa y a la disolución del Parlamento vasco, como si las hogueras pudiesen apagarse con gasolina, y por eso no debe extrañarnos que, mientras son muy pocos los que se fían del Plan Galicia, que se compone de proyectos y cifras escritos en los papeles, casi todos empezamos a pensar que la catástrofe del Prestige se está gestionando ahora con mayor racionalidad que antes. Lejos de suponer que la realidad tiene algo de objetivo, la gente le cuenta al encuestador lo que antes leyó en el periódico, y por eso hay que entender que, en vez de servir para desvelarnos los datos no explicitados en el proceso ordinario de información, las encuestas del futuro tiendan a conformarse como un resumen de las opiniones que hemos generado en el universo mediático. Por eso son muchos los politólogos que consideran que esta confusión mediática entre la realidad y la opinión tiene efectos demoledores sobre la calidad y los controles de la democracia. Pero eso tiene muy poco sentido en Galicia, donde todos sabemos que la gente sólo cree en que quiere creer, y que esa voluntad de la fe jamás alcanza, como es lógico, a nuestras propias opiniones.