NO SE SABE aún qué factura pasarán EE.?UU. a Francia (y Alemania) por los episodios políticos, en la ONU y en la OTAN, que precedieron a la guerra de Irak; quizá, el traslado de las decisiones desde el Consejo, donde ahora están, hasta el Comité de Planes de Defensa, donde Francia no se encuentra. Pero sí se sabe, en cambio, qué facturas pasa Francia a España por haberse alineado entonces con los angloamericanos y los europeriféricos. Francia y Alemania, de consuno, instruyeron a Giscard d'Estaing, presidente de la Convención para la Constitución de Europa, al objeto de que en el proyecto se privara a España de su cuota de poder, pactada en la Cumbre de Niza. Después, Francia se desmarca de la descalificación europea de HB en el lío del Tour. Son facturas cruzadas. España se movió así porque Francia vetó el apoyo de la Unión Europea cuando la crisis de Perejil frente a Marruecos. La réplica española, rubricada con la famosa Carta de los Ocho, tiene su dúplica en la «operación constitucional» franco-alemana. Pero las formas se mantienen. Ana de Palacio y Dominique de Villepin acaban de encontrarse nuevamente en el Seminario España-Francia (legado de tiempos mejores en la relación transpirenaica), y todo han sido cortesías y amabilidades, ¡faltaría más! Se ha constatado la disparidad. Si no hay respeto a la cuota de poder pactada en Niza, habrá veto español a esa Constitución. Otro firmante de la Carta de los Ocho, Italia, ha tenido que pechar con la represalia: de factura alemana y ejecución socialdemócrata en el Parlamento de Estrasburgo. A Silvio Berlusconi, con su piel de paquidermo, le tendieron los socialistas -alemanes y no alemanes- una trampa de elefantes. El conflicto de Irak deja una herencia en la que hay para todos. La política europea sigue partida en dos.