MIRA que son plomizos. Se han pasado el debate sobre el Estado de la Nación preguntando por las armas de destrucción masiva de Sadam Huseín y por la catástrofe del Prestige . Obstinados y empecinados. Machaconamente. Una y otra vez. Como si no hubiese otros problemas que llevar al Parlamento. Venga guerra y venga Prestige . Menos mal que el presidente Aznar, y todo su grupo parlamentario, con una paciencia franciscana, les explicaron convenientemente que ninguno de los dos fue problema y que, mal que les pese, disfrutados del paraíso soñado. Las intervenciones de todos los portavoces de la oposición carecieron, cuando menos, de originalidad y realismo. Empeñados están en resucitar los fantasmas de las catástrofes. Con un sentido negativo de la realidad. Y así siguen. Obstinados en buscar unas armas que no existen. Y en hablar de una marea negra que ya dijo el conselleiro López Veiga que tampoco existió. Ni en los momentos más crudos hubo marea negra en este país. Siguen empecinados en criticar, haciendo caso a esos investigadores gallegos, radicales por supuesto, que dicen que las secuelas del fuel sobre la costa permanecerán hasta el año 2015. Y a los que creen ver galletas de chapapote en nuestras playas. El presidente Aznar soportó lo indecible. Pero lo hizo con la moderación que le caracteriza. Sin exaltarse. Sin desaires. Con una cortesía extrema. Razonando que, por mucho que se empeñen, el país va bien. Que ya salimos del rincón de la historia. Y que, pese a quien pese, la red del tren de alta velocidad se extiende ya por toda España. Los portavoces de la oposición ven problemas donde no los hay. Y por eso convirtieron el último debate en un rosario de penurias. Cuando todo era mucho más sencillo. Sólo tenían que preguntar si las tapias de la Moncloa dejan ver la realidad.