LA CORTEZA terrestre sufre, desde hace algunas semanas, terribles convulsiones que no hacen sino recordarnos que los seres humanos no somos más que inquilinos temporales del planeta azul. Cada vez que las placas tectónicas que flotan sobre el magma se mueven y chocan entre sí, los pobres mortales sufrimos los devastadores efectos de esta fuerza incontrolable de la naturaleza. No se puede hacer mucho en el ámbito de prevención ya que los sismógrafos no pueden advertirnos con suficiente antelación de cuándo va a tener lugar un terremoto. Sin embargo, contamos con estudios geológicos precisos que indican, cuáles son las zonas más sensibles desde el punto de vista sísmico y, con análisis sobre la periodicidad e intensidad de los terremotos que tienen lugar en cada área. Con esa información las autoridades de los países más amenazados pueden y deben tomar las medidas oportunas exigiendo que, tanto las infraestructuras como las construcciones, reúnan las mejores condiciones para soportar los movimientos telúricos. Prueba de los diferentes resultados que tienen los fenómenos sísmicos en función de cómo actúe el gobierno y cómo respondan los responsables de las construcciones es lo que ha sucedido en Argelia y en Japón estos últimos días. Así, mientras las edificaciones de la zona más afectada de Argelia sucumbieron, en su mayoría, como castillos de naipes, en Japón se limitaron a inclinarse a uno y otro lado provocando caídas de enseres, roturas de cristales y algún que otro incendio accidental. Los nipones no sufrieron, ni por asomo, las grandes pérdidas en vidas humanas que han sufrido los ya dolientes argelinos y uno se pregunta cómo puede haber tantas diferencias entre uno y otro país a la hora de enfrentarse a esta amenaza natural. La historia de los japoneses está plagada de terremotos de cuya experiencia han aprendido mucho. Por ello, sus arquitectos diseñan edificios flexibles que, ante cualquier sacudida telúrica, permiten cierto margen de movimiento a sus pilares haciendo que absorban gran parte de la fuerza del terremoto. Los argelinos viven en precario y sometidos a la voluntad de unos constructores que, ante la ausencia de antecedentes, escatiman todo el dinero posible en los edificios. La rigidez de los pilares y los materiales deficientes convirtieron a los edificios en gigantescas tumbas de escombros. Lo terrible de esta tragedia no es que haya puesto de manifiesto la ineptitud y corrupción del gobierno argelino, que ya eran conocidas, sino que hará que la población sometida, desde hace años, a una situación de violencia extrema busque consuelo en donde se le ofrece: la religión. Una religión que justifica la desgracia en la voluntad divina y que insta a luchar contra aquello que es contrario a la ley de Dios. Desgraciadamente, la situación provocada, puede abonar el terreno para la expansión del integrismo islámico cuyas sacudidas suelen provocar consecuencias todavía peores que las de los terremotos.