La medalla

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

05 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

SE EQUIVOCAN quienes ven como una burla y una provocación la concesión de la medalla de oro de Galicia 2003 a Álvarez Cascos. Se equivocan, como siempre. No existe en tal concesión ninguna afrenta. Existe la necesidad de premiar una gestión y una entrega decidida a nuestro país. El ministro Cascos ha sido, sin discusión, el gran protagonista de la vida social, económica y ecológica de Galicia en los últimos meses. Ha promocionado nuestro país hasta en los lugares más insospechados. Ha pasado noches en vela angustiado por el futuro de nuestras costas. Con una humildad que le honra, ha reconocido no ser profeta. El ministro Cascos ama a Galicia y a la naturaleza, quizás de ahí vengan sus aficiones cinegéticas. Y siempre acude cuando se le requiere: lo vimos en Chinchilla. Por eso quienes ahora hablan de su tono bronco, de su carácter agresivo y de sus planteamientos simplistas, no hacen más que mantenerse instalados en la agitación social. Todos sabemos que la catástrofe del Prestige la originó Mangouras. Las multitudinarias protestas, Nunca Máis. Las críticas llegaron de los desleales y resentidos. Todos sabemos que los voluntarios vinieron a tomarse unas cañas. Y que los marineros disfrutaron de un merecido descaso. Menos mal que en todo este galimatías se impuso la serenidad y la cordura del ministro Cascos acertando a enviar el barco al quinto pino . Si de algo han pecado quienes conceden la medalla Galicia es de prudencia, recato y humildad. No han querido otorgársela al comité de sabios ni a otros muchos que también estuvieron en la gestión de la catástrofe. Y que lo merecían. Ni tan siquiera han decidido autoconcedérsela. Que sería lo mínimo. Quienes adjudicaron la medalla de oro de Galicia 2003 a Álvarez Cascos son de una modestia encomiable. Y, sobre todo, son unos bromistas imprudentes.