LA DECISIÓN del Gobierno de acabar con el estado de impunidad y privilegios en el que se movían los miembros de ETA encarcelados que decidían matricularse en la Universidad del País Vasco, ha provocado una reacción de irritación en los nacionalistas del PNV y EA, que nunca antes se habían escandalizado de esa forma ante los atentados terroristas contra profesores, o ante la evidencia de comprobar cómo todos los días acuden a los campus vascos profesores y alumnos rodeados de policías que tratan de impedir que les asesinen. Es siempre la misma monserga. Hay concejales del PP y del PSOE que viven escoltados, el partido municipal no se juega en igualdad de condiciones, los constitucionalistas son siete, con lesionados, sin banquillo; los del PNV son once, con el árbitro a favor, con montones de aspirantes al cargo; y esa sangrante diferencia no hace saltar ningún sensor democrático entre los nacionalistas. Se ataja la impunidad, se intenta impedir que los asesinos sean tratados como si no lo fueran, y es entonces cuando el PNV borda una escenificación de rasgado de vestiduras, dice que esto es una dictadura -no lo es cuando asesinan al contrincante, socialista o popular- y que hay que armar una gorda. Esta ceremonia de falta de piedad, de ausencia de compasión respecto de las víctimas, y de correr en auxilio siempre de los asesinos, define el comportamiento del PNV en los últimos meses, explica el nivel de degradación en la convivencia al que estamos llegando, y carga las armas de los criminales, que no ven en las palabras del PNV ni un solo motivo para dejar de matar. (Por cierto, como en las películas, esta prolongada ausencia de muertes, parece que nos obliga a estar más en guardia o a temer que pronto monten alguna, así de escamados vivimos). Se había asumido como normal que las víctimas vivieran bajo la dictadura del miedo, mientras los victimarios y sus conmilitones disfrutaban de todas las ventajas de la democracia, precisamente para acabar con ella. Cuando se empieza a atacar esta situación -sangrante para las víctimas y para cualquier demócrata-, los que no protestaban por el estado de excepción, se crispan y dicen que esto sí va contra la democracia. Lo cierto es que los alumnos universitarios vascos pueden respirar ahora más tranquilos. Aquel espectáculo de etarras, entrenados durante años en el ejercicio de utilizar la cabeza para separar las orejas, que entraban en la Universidad con notas excelentes y sacaban los cursos con matrículas, se ha acabado. Se terminó el compadreo de profesores simpatizantes de ETA, o paralizados por el miedo, que ponían sobresalientes a sujetos ágrafos que sólo sabían de sangre, muerte y dolor ajenos. Con estas actitudes se estaba generalizando un cáncer en la Universidad, además de insultar a la inteligencia de los alumnos que saben lo que es sudar la gota gorda para aprobar, para sacar notas altas. Ese agravio se ha terminado y, como en otros asuntos, léase violencia callejera, habrá ahora mucha alharaca, pero con el paso del tiempo las cosas quedarán como son: una medida de justicia destinada a acabar con una situación injusta. En tiempos de Franco a los adictos al régimen se les aprobaba en unas oposiciones llamadas, muy adecuadamente, oposiciones patrióticas. Algo semejante ocurría en la Universidad vasca con los asesinos, hasta que se ha aplicado la ley guiada del sentido común. En buena hora.