Ministro de Venezuela

RAMÓN CHAO

OPINIÓN

24 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

ESTUVE la semana pasada en Venezuela para festejar el primer aniversario del golpe fallido contra Chávez. Quiero decir a los detentores de la moral política que no han de preocuparse: en cuatro años de chavismo no hubo ni hay un sólo preso político, como tampoco se cerró ningún periódico ni cadena de televisión, y eso que no conozco país en el mundo en el que la prensa ataque de manera tan brutal a su gobierno, insulte a su presidente, anime golpes de estado e incluso propicie el magnicidio. No; las críticas han de ir por otro lado, y es que con esta actitud permisiva hacia el gran capital, la mansedumbre democrática puede ser tenida por impotencia, y en cierto modo lo es cuando le fuerza al gobierno a paralizar reformas indispensables como la judicial y la agraria. Sea lo que fuere, Venezuela es hoy un modelo de revolución posible, la última que surge después de que fuera aplastada la experiencia de Allende. Aquéllo fue un intento de revolución pacífica, desarmada, que no resistió al embate de un general traidor apoyado por los yanquis. La de Chávez difiere en que la acompaña la mayoría del ejército, y buena parte del pueblo está dispuesta a defenderla con las armas. Quizás el terror de una guerra civil explique la prudencia de Hugo Chávez, militar humanista como pudimos apreciar los días en que lo frecuentamos. En todas partes me encontré con gallegos. Una señora de Lalín -no quiso decirme su nombre, pero sí hablar-, tiene una tienducha de papelería en pleno centro, al pie del Hotel Hilton. Seis años atrás quedó viuda, y desde hace cuatro (coincide con la llegada de Chávez al poder), bajó la venta de juguetes y objetos de regalo, limitándose a despachar cuadernillos y lapiceros. No es culpa del comunismo, traté de tranquilizarla, sino más bien del gran capital: le pusieron un supermercado a veinte metros. No lo pudo comprender. Tenía en el mostrador varias publicaciones de la colonia gallega, llenas de proclamas incendiarias contra el Gobierno, y comprendí. Pero no; me dijo una de las jóvenes del protocolo del Encuentro Internacional. Hay gallegos para todo. Mi padre es de Betanzos y toda mi familia es chavista. Se me fueron abriendo los ojos. Estaba yo el día de la inauguración en el palco del teatro Teresa Carreño cuando se me acerca un oficial con un papelillo: quería verme Farruco Sesto Novás, ministro de Cultura. Se me pusieron a funcionar las meninges: Hace unos treinta años Celso Emilio Ferreiro, desde Caracas, me había presentado a este muchacho. Nos carteamos. Era poeta -muy joven entonces- y llevé sus obras a Ruedo Ibérico. Se lanzó después a la pintura y a la arquitectura, sin dejar de ahondar en el aspecto humanista de la política. Por eso es miembro de la dirección del partido Patria para todos. Y por eso es chavista, como acaba de explicar en un libro publicado en el pasado octubre: «Porque conozco más o menos bien los entresijos del poder real, del cual procede la injusticia, en este país y en todos los países, y lucho contra él. Y eso es ser chavista. Porque no como cuentos de camino, y digo con León Felipe que ya me sé todos los cuentos. Y eso es ser chavista. Porque no soy populista, como lo fueron todos, sin excepción, los que manejaron el país durante cuarenta años, sino que estoy con el pueblo y soy parte del pueblo. Y eso es ser chavista». Llevo vivido mucho tiempo. El actual ministro era estudiante, hombre en ciernes y ya poeta preocupado por el destino de la humanidad. Vino a verme al hotel. Ante el rostro noble y generoso del amigo de Celso Emilio Ferreiro, no se me ocurrió pensar en el mandamiento egoísta cristiano haz bien y no mires a quién; en su lugar me vino a la mente la sentencia del Zohar , libro sagrado de los hebreos: Las palabras no caen en el vacío.