ROBERT KAGAN, asesor ideológico de Bush -al que recomiendo leer para ver por dónde van los tiros-, cita a Hobbes al reclamar para los Estados Unidos el ejercicio del poder en un mundo en el que todos luchan contra todos y no se pueden fiar de reglas internacionales ni de derecho público. La puesta en práctica de esa autoridad central , sin control internacional, se plasma estos días en las imágenes de las tropas paseando en actitud displicente por las ciudades ocupadas mientras se arrasa, se quema, se dilapida el patrimonio guardado en bibliotecas y museos, la memoria del pueblo iraquí y, por ende, la de toda nuestra civilización. Conviene recordar que el mismo filósofo rescató la sentencia de que el hombre es un lobo para el hombre, y esto es cierto sobre todo cuando las sociedades no tienen derecho constituido o cuando, como en la guerra, se rompe la convivencia. Se argumenta que la destrucción y expolio del patrimonio de Irak por iraquíes es la respuesta a los años de represión bajo la dictadura de Sadam Huseín. Pero esto no obsta al hecho escandaloso de que las administraciones norteamericana y británica fueron advertidas con antelación y reiteradamente por arqueólogos, historiadores y arquitectos y por la propia Unesco, que señalaron los lugares que debían ser preservados y vigilados, a la vista de la experiencia de la guerra del Golfo, cuando de los 5.000 objetos registrados como desaparecidos solamente se pudieron recuperar cincuenta. Esta guerra - su guerra- hubiera podido salvar algo la cara ante la opinión pública si, además de proteger con ahínco el negocio del petróleo, las potencias de ocupación hubieran programado, como si fuera para sí mismas, la asistencia inmediata al pueblo iraquí con hospitales de campaña, con médicos y medicinas, si se hubieran garantizado los servicios de primera necesidad para la población y protegido el patrimonio histórico. Nada de eso está pasando. La coalición ha vencido pero, como espetó Unamuno a Millán Astray en el paraninfo de Salamanca, no ha convencido porque, tal como se ha demostrado, la guerra, que podía haberse evitado, no lo fue por las prisas en repartir la túnica de la reconstrucción del país entre los amigos del Gobierno de Washington. Y siguen sin convencernos, porque habiendo podido impedir la destrucción del patrimonio del país que iban a liberar, no sólo no lo han hecho, sino que todo indica que posiblemente lo han tolerado para que esos inestimables tesoros arqueológicos entren en el mercado. Imaginémonos por un momento el museo del Prado o la catedral de Santiago en llamas, que unos vándalos entran a saqueo y las fuerzas de seguridad, que actúan en nombre de la democracia, además de no apagar el fuego, permiten el pillaje para que luego se hagan negocios con el botín. La dictadura ha caído, pero a costa de las vidas de miles de iraquíes -¿cuándo sabremos la cifra real?- y de la memoria de una antigua civilización. Por eso, como los judíos desterrados hace dos mil quinientos años, lloraremos junto a los ríos de Babilonia por los muertos y por la historia destruida.