Los nombres de las cosas

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

EN ESTOS DÍAS de confusión y subversión de los viejos conceptos vamos a asistir a una grandiosa ceremonia de perversión del lenguaje. Elipsis y eufemismos tendrán el más alto protagonismo que un viejo y rico idioma como el español haya alcanzado nunca, por más que rebuscadas piruetas dialécticas lo hayan comprometido en los siglos que median desde que Cervantes escribió el Quijote. Si en la anterior Guerra del Golfo la expresión estrella fue la de daños colaterales, para querer decir víctimas civiles o niños y mujeres masacrados por las bombas en hospitales y colegios, debemos de estar preparados para las nuevas maneras de contar que habrán de venir de aquí a unos días.Siempre me han fascinado los nombres de las cosas, la polisemia de los idiomas conocidos, los juegos de palabras, los escritores ingeniosos, las charadas, la perfección de una voz para decir lo que oportunamente se quiere expresar. Desde un ay de dolor hasta decir te amo , hay toda una polifonía de las palabras y los nombres de las cosas.Por ello, ejerzo un poco a modo de coleccionista de los estragos del diccionario y de los hallazgos de voces encontradas en un rótulo, en un cartel, o en una carta antigua con remitente conocido.Los nombres de los bares, pongo por caso, con toda la fantasía pintada en el frontispicio, son una invitación sugerente a esos malabares que hacemos con el idioma.He utilizado más de una vez en mi imaginario narrativo un nombre tan absurdo como bello, que identificaba una taberna de mi Viveiro natal. La tasca se llamaba O suave bidueiro o, lo que es lo mismo, El abedul suave y estaba ubicada cabe una de las puertas de la antigua muralla, en una recoleta plazuela donde antaño se vendía la leche recién ordeñada que traían los campesinos de los valles que circundan mi pueblo. Todavía la recuerdan los más viejos del lugar y sólo un poeta o un agudo lector de Cátulo o Suetonio pudo llamar así a su pequeño bar.Poco tiempo hace que tomé café en un bar que limita con Inglaterra mar por medio y que sus propietarios dieron en llamar Avante toda . Estando allí cuando escuchas o imaginas el bramido de la galerna, sientes como si todo el figón comenzase de un momento a otro a navegar iniciando una extraña singladura. Avante toda debe de ser sucesor del por mí muy recordado Barlovento que para su dueño significó más que un juego de palabras y sistemáticamente afirmaba que si su negocio estuviese en tierras del interior, lejos del mar debería de llamarse, por la categoría del local, Cafelovento , que como invención lingüística tampoco está del todo mal.No sé como se llaman las teterías de Bagdag, los cafés, tal vez si hay más de mil, tengan cada una el nombre de un relato de Las mil y una noches. Sería bonito, y aún más si con las conversaciones que se intercambian en su interior pudieran convocar a la luz para que nunca se hiciera la noche sobre el país de Al Rachid, para despejar el dolor y evitar la metralla y la muerte.Sería el más lúcido final para este artículo y el mejor de los deseos que una persona puede invocar. A lo peor no puede ser, no va a ser posible porque los poderosos y los soberbios, los que deciden el rumbo que ha de tomar la historia, son los mismos que perturban el nombre de las cosas.