EL CIERRE de la producción pesquera y marisquera de Galicia en los últimos meses suscita, al fin, el inicio de un análisis sobre las relaciones entre dicha producción y los mercados. Para quienes hemos sostenido desde hace largo tiempo que en la marca Rías gallegas , por delante de una sólida realidad productiva, subyacía una realidad de gran parque regulador de producciones procedentes de diferentes orígenes, nunca dudamos que esa realidad emergería. Recientemente se han publicado noticias y opiniones relativas a la ocupación por almejas italianas del mercado español, asociándola al cierre de la explotación marisquera provocada por la catástrofe del Prestige . Y sin cuestionar que efectivamente eso ha sucedido, no es posible coincidir ni sostener alguno de los análisis realizados. En primer lugar porque los mercados de almeja españoles están abiertos a producciones de otros lugares, y particularmente de Italia, desde hace más de veinticinco años, y fueron los propios comercializadores españoles quienes los abrieron, como respuesta a la demanda del mercado y a la reducida producción española, incapaz de abastecerlo. La demanda europea de almejas se estima en unas cincuenta mil toneladas al año, de las que unas treinta mil corresponden a España y otras quince mil a Italia. La producción europea de almeja ronda las sesenta y cinco mil toneladas. Italia es el primer productor europeo -produce el 85%-, y España el principal mercado -consume el 60%-, y la conjunción de ambas realidades explica con toda claridad cuál es el papel que le corresponde a la producción gallega en el mercado, producción que no ha superado en los últimos años, según las estadísticas oficiales, las 6.000 toneladas, Plan 10 y Plan Galicia aparte. El mercado de almejas en España presenta dos segmentos bien diferenciados: por una parte, un segmento reducido de almeja de mesa y por otro, uno más amplio de almeja de arroz, atendido este último por varias especies que en Galicia apenas alcanzan las dos mil toneladas de producción. Es en este segmento del mercado donde incide el producto italiano, antes con chirla y ahora con almeja japonesa, y donde se plantea la difícil competencia en producción y en precio, precio que en la propia Italia ha evolucionado asociado al incremento de la producción, desde unos siete euros cuando ésta apenas era de siete mil toneladas, a los cuatro o cinco euros actuales con una producción que sobrepasa las sesenta mil toneladas.En definitiva, si nuestra producción de almejas apenas atiende la quinta parte de la demanda española, no parece que se pueda concluir con facilidad que el cierre de la explotación por la catástrofe del Prestige sea la causa primigenia o exclusiva en la ocupación del mercado e incluso en la formación del precio, porque en todo ello subyace un problema estructural asociado a la producción con obvios efectos en el mercado.