Primera Excomunión

| JUAN J. MORALEJO |

OPINIÓN

EL ORÁCULO DE DELFOS

28 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

HACE UN PAR de días me desperté con una sensación rara en el cuerpo, tanto que me quedé quieto y haciendo memoria temerosa de Gregorio Samsa y su sorpresa al despertarse escarabajo. A la espera de que el reloj me obligase a prepararme a comparecer ante Aristófanes y mis alumnos, matinaba en qué podría ser aquella rareza de la cabeza a los pies, entre el desasosiego y esa murria que se nos entiende con decir que no tenemos el cuerpo muy católico... ¡Tate, tate! Eso era lo que me pasaba, que yo no tenía el cuerpo católico porque ¡yo estaba excomulgado! Excomulgado a distancia, por pedrea o aspersión, pero excomulgado. Me alcanzaba el hisopazo episcopal nicaragüense que excomulgó a tutti quanti en el episodio triste y zafio de la niña de nueve años violada por un mangallón desaprensivo al que sí que le vendría bien que le dieran no un hisopazo, sino con el mismísimo hisopo donde dice la leyenda que se comió la serpiente al Conde Julián, por do más pecado había. Bueno, no sé si mi adhesión absoluta a que la niña de nueve años no llevase adelante su embarazo criminal será causa canónica suficiente para que la excomunión me alcance por derivación o contagio, pero, si no es así, ruego al claustro de doctores que tiene la Iglesia que arbitren las reformas precisas en el Código de Derecho Canónico para que en casos así baste con sólo mirar con cierta simpatía hacia el mapa de Nicaragua para que te caiga encima iuris et de iure una excomunión en pergamino. Por algún filósofo actual -creo que Cioran- anda la escaldada experiencia de cómo es innata al déficit ético del hombre la manía de pudrir toda creencia noble en costra ideológica. Los excomulgadores de quienes se ven obligados a que aborte una niña de nueve años violada deberían repasar a fondo sus baremos porque la vida como bien absoluto es mucho más evidente en esa niña que en el embrión con que la habían degradado. Esa misma vida, bien absoluto, no les ha movido a Roma y a todas sus delegaciones a la excomunión de todos cuantos creen en la muerte y la practican desde sedicentes criterios de necesidad y justicia. Andar neuróticos con la bragueta y el aborto, pero tragarse la pena de muerte, la guerra de agresión, la explotación del prójimo y el hambre de miles de millones es usar el Santo Nombre de Dios en vano, es pudrir la caridad en la injusticia. Suponiendo, y es mucho suponer, que una excomunión sirva de algo y sea aplicable en lo que cristianamente significa prójimo, ya va siendo hora de que el Boletín Oficial del Vaticano deje claro que serán de excomunión todos los pecados de abuso, de prepotencia, de agresión... y que no habrá nunca excomunión para los pecados de la debilidad y de los débiles, para los parches indeseados a la brutalidad ajena, para el mal menor que quiere recuperar lo que se pueda en la vida de una niña a la que los Escribas y Doctores de la Ley, vieja fauna evangélica, nos han puesto en el esperpento de nada menos que hacer su Primera Excomunión.