Entreguerras

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

VIVIMOS, más o menos como siempre desde que el mundo es mundo, un periodo de entreguerras. Yo no sé muy bien cuál ha sido la última pero sí sé cuál va a ser la próxima -guerra, por supuesto-. La imprecisa memoria bélica nos trae todo el viento de locura que sembró de muerte y de ignominia los Balcanes. Las guerras serbias y bosnias, albanesas y kosovares, con el pretexto religioso para justificar el catálogo infinito de los odios. Las olvidadas guerras de África que nunca concluyen, aliadas del hambre y de la miseria, hambre que no se combate con kalashnikov ni con rifles eme dieciséis , permanentes guerras africanas de Etiopía a Sierra Leona, con ejércitos infantiles ejerciendo el horror en su estado más puro. Guerras que cercan al hombre, que envilecen la especie humana, guerras afganas de daga y misil, geografía perpetua de cascos azules y fuerzas múltiples de interposición, contradicciones de ejércitos de paz, como foto fija de los telediarios. La guerra anunciada y retransmitida en directo, batallas preventivas para teñir de sangre el botín petrolífero, el estendaliano rojo y negro. Pero el deseo de paz es como un río que fluye por occidente. La mejor noticia del año tuvo una cita el sábado 15. Calles y avenidas, plazas y alamedas fueron un clamor en la vieja Europa de los nuevos aliados. Los millones de ciudadanos que en Londres, Roma o Madrid dijeron no a la guerra , gritaron basta ya y apostaron por la paz, somos algo más que tontos útiles, que compañeros de viaje de un pacifismo que el poder se obstina en denunciar como manipulado e incluso como manipulador de oscuros intereses. Pues claro que estamos en contra de los liberticidas, de los sátrapas dictadores, del fanatismo tiránico y genocida. Pero estamos a favor de la justicia y sus tribunales, de la sociedad de las naciones, de la Europa reflexiva que no se doblega al imperio aunque así contado suene a demagogia. Militamos en el sentido común que tenemos como norte, y estamos dispuestos a asumir los mensajes de todas las pegatinas que adornan nuestro pecho para repudiar el terrorismo etarra y restablecer las libertades en Euskadi, para decir no a la guerra, y para cuestionar la política sancionadora y belicista del presidente norteamericano. Nosotros somos los primeros en llamar vesánico dictador a quien rige los destinos del rico país de los dos ríos, del Tigris y del Éufrates, al pan, pan y a Sadam Huseín, asesino. Y como no nos duelen prendas y no debemos rebajar la tensión pacifista ni aguardar las conexiones televisivas para ver una vez más cómo las balas trazadoras y los obuses iluminan el cielo de Bagdad, queremos estar en una alerta mediática, en un permanente ojo avizor para que la guerra no nos coja desprevenidos. Pese a todo yo sigo creyendo firmemente en el ser humano y en su capacidad colectiva para cambiar el rumbo de la historia. Quiero creer, acaso con cierta ingenuidad, que algo ha cambiado desde que los europeos, los norteamericanos e incluso los australianos nos autoconvocamos en las calles de nuestras ciudades para desterrar el fantasma de la guerra e invocar la necesidad inmediata de la paz. Vivimos, otra vez , en el incierto periodo de entreguerras. Ojalá no haya ocasión para poner fecha al conflicto anunciado. Ojalá que de nuevo la madre de todas las batallas sea únicamente una frase hecha.