LEÍ EN INTERNET que las monjas de un convento de clausura se anunciaban en la Red para diseñar páginas Web, así como para todo tipo de servicios informáticos a cualquier cliente. Confieso que me sorprendió la noticia. Podría entender que anunciasen en Internet yemas de Santa Teresa o magdalenas de Santa Rita, pero lo de sus conocimientos informáticos tengo que reconocer que me supera. Y supongo que sus trabajos los cobrarán a base de tarjeta de crédito pura y dura. Por lo que se ve, la Visa o la American Express han logrado entrar en los sagrados recintos de la clausura de forma más descarada que el Demonio, el Mundo y la Carne. Podrían pedir a cambio del servicio prestado un Avemaría, un Padrenuestro, incluso un Rosario. Pero, a lo mejor, piensan que el mundo de hoy no está por lo de rezar, o puede ser que ellas mismas no crean ya en la validez de los rezos. La verdad es que el mundo de las monjas, en especial las de clausura, me resulta bastante familiar, e incluso le presté cierta atención en mi adolescencia. Al lado del colegio donde estudié, interno, había -y hay- un histórico convento de estas religiosas. Desde la ventana de la habitación, contemplé muchas veces las idas y venidas de algunas de ellas por la huerta del convento, protegidas por un gran muro de piedra, una infranqueable tapia que las separaba del mundo. Yo admiraba, desde la ventana, su capacidad de renuncia a una vida tan prometedora para la chavalada del colegio. Una aureola de misticismo heroico sobrevolaba aquel recinto noble y antiguo. Cuando nosotros nos levantábamos ya ellas tenían encendido el farol del portalón que daba a la huerta. Ya de día, veíamos a alguna monja cuidando los tomates, las judías, las lechugas, también rosas, en parcelas muy bien delimitadas. A veces aparecía alguna con una carretilla de labor y con un paso más vivo, y los que mirábamos desde la ventana, nos poníamos inmediatamente de acuerdo en que se trataba de una monja joven, quizá una novicia. Con pena y admiración la observábamos. Tenían una huerta cuidada con esmero. A distancia y sin saberlo, me enseñaron la importancia de la horticultura y de la sagrada tarea del cultivo de la tierra. En silencio, siempre en silencio. Quizá fuera la tranquilidad y la delicadeza de sus cuidadoras las que hacían crecer unos hermosísimos tomates en la huerta. Nunca los vi más lozanos. En general, todas las hortalizas parecían tocadas por la santidad del lugar y de sus moradoras. «¡Menos mal que vuestros pecados, de obra y pensamiento, son neutralizados por las oraciones de esas santas vecinas!», nos decían los curas en los días duros de Cuaresma. Lo cual aumentaba mi consideración por las monjas salvadoras que rezaban por nosotros. Desde esa edad y durante mucho tiempo, me gustó curiosear en la fruterías: los tomates, judías y lechugas de buen aspecto me hacían sentir mejor persona y más limpio de culpa. Me acordaba de las monjas y de que seguirían rezando por mí, o por lo menos, por aquel chaval que las miraba con ternura desde la ventana del colegio. Y eso daba mucha seguridad. Ahora, ante esta publicitada actividad informática, sospecho que no tienen ni tiempo ni ganas de rezar por nosotros. Me temo que se nos acabó la bicoca.