Un conflicto decisivo

OPINIÓN

13 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

SE EQUIVOCARON los que consideran que el conflicto con Irak es un hecho aislado que responde al capricho de un vaquero pendenciero y testarudo llamado George Bush II, presidente los Estados Unidos. Porque no es así. Aciertan, en cambio, quienes analizan esta crisis como un episodio crucial y decisivo para el futuro de las relaciones internacionales, es decir, del nuevo orden mundial. Sólo de este modo se puede entender la firme determinación de la Casa Blanca de desalojar al sátrapa de Bagdad, beneficiarse de los nuevos contratos petrolíferos y redefinir la correlación de fuerzas en la región. Las primeras consecuencias ya están ahí: aumenta la brecha atlántica (de un modo reversible, en mi opinión), se dividen los europeos (también de un modo remediable), se atiza la tensión en el mundo árabe con el fin de crear una línea divisoria entre los partidarios del entendimiento con Occidente y los radicales del fundamentalismo islámico, y se deja claro que EE. UU. no es rehén de organizaciones internacionales (ONU, OMC, Acuerdo de Kioto, UNESCO, etc.), porque ninguna de ellas garantiza lo que ellos quieren, como ilustran los casos de Irak y Corea del Norte. En el nuevo orden las armas serán decisivas. Bush II tiene claro que sólo una fuerte ventaja armamentista puede frenar a las viejas potencias nucleares y a las que aspiran a serlo en plazo muy corto. La lista, en la que figuran ya Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán o Israel, puede incrementarse muy rápidamente y, lo que es peor, las armas pueden quedar fuera del control de los Estados. Ésta es la tesis que con tanto ardor defiende la Casa Blanca: si no se ataja ahora el mal, cualquier grupo terrorista podrá disponer de ellas. Sólo unas medidas preventivas (incluida la guerra, petroleramente recompensada en este caso) pueden evitar los desastres anunciados... «¿Qué parte de esta argumentación es la que no entiende la vieja Europa?», se pregunta Bush con desesperación.