RODRIGO RATO, que sabe un montón de estrategias sucesorias y parece que también de economía, se ha resistido a fijar plazos para la ejecución del espectacular Plan Galicia. Rato no quiso comprometer ni una sola fecha del amplísimo rosario de proyectos propuestos. Y en la línea habitual de sus compañeros de partido, se decidió por atacar a la oposición. El Plan Galicia 2003, ese extraordinario proyecto para recuperar económica, social y ecológicamente nuestro país tras el paso de la apisonadora Prestige , se redujo, en sólo cuestión de días, a un plan meramente virtual. Un proyecto que, como algunos malintencionados temíamos, ha servido para traer al Gobierno en pleno a A Coruña a hacerse una foto nada demagógica. Para llenar cientos de páginas de periódicos, ser motivo de tertulias radiofónicas y para que el coro de palmeros del PP echase en cara a los desleales y antipatriotas que a ellos sí les preocupa Galicia. La actitud de Rato en el Congreso, escudándose en que «el Gobierno cuando promete algo lo cumple», pero sin dar una sola fecha, es de una gran trascendencia. Y muy reveladora. Porque él sabe bien que la mejor forma de no hacer nada es no adquirir compromisos de plazos ni de financiación. Y así lo ha hecho ante el Congreso. Ya decía Quevedo que nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir. Así, casi tres meses más tarde, estamos como al principio. Pero más abatidos. Y también, más encolerizados. Con el chapapote llegándonos hasta el cuello. Con un plan de reactivación espectacular, en el que necesitamos mantener la esperanza, carente de plazos y financiación. Y con un Gobierno que no quiere hablar de vencimientos. Estamos pues ante un objetivo que se presentaba maravilloso pero que ha quedado reducido a un plan virtual. Muy aparente, muy fantasioso y nada real.