Medicamentos

| IGNACIO RAMONET |

OPINIÓN

28 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

EN GINEBRA, durante una reciente reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC), se ha producido uno de los mayores escándalos de los últimos tiempos. Los Estados Unidos han bloqueado el compromiso que debía permitir a los países pobres procurarse medicamentos a bajo coste para curar las consecuencias de las grandes epidemias que diezman a sus poblaciones. Este compromiso se había obtenido en noviembre de 2001 durante la cumbre de los 144 estados miembros de la OMC en Doha (Qatar). Muchos temíamos lo peor de esta reunión de los países más partidarios de la globalización liberal. Pero, al final, habíamos saludado como una indiscutible esperanza la concesión hecha por los Estados Unidos de aceptar una derogación, hasta el 2016, de las reglas comerciales habituales para permitir la importación -y también la fabricación- en los países pobres de medicamentos genéricos. Un medicamento genérico tiene las mismas propiedades terapéuticas que un medicamento de marca, pero cuesta mucho más barato. La explicación del bajo precio es la siguiente: todo nuevo remedio puesto a punto por el laboratorio de una gran firma farmacéutica tiene, por ley, una duración de vida limitada. La producción exclusiva de una nueva molécula por la empresa descubridora sólo puede hacerse por un período de tiempo definido. A partir de entonces cualquiera puede fabricarla, a condición de comprar la licencia de fabricación a la firma descubridora. Ésta, que sigue produciendo y comercializando su medicamento, somete la venta de esa licencia a muchas condiciones, entre ellas la de no exportar ese medicamento-copia a ciertos países, ni de darle el nombre que lo había hecho célebre y sobre el que descansa la confianza, tan importante en materia de medicamentos. Este nombre (la marca), depositado por la empresa farmacéutica, le pertenece sin límite de tiempo. Como su nuevo fabricante no tiene que amortizar los costos a veces astronómicos de su puesta a punto, y como no lleva la marca que lo ha hecho célebre, el medicamento genérico resulta mucho más barato. Dos países emergentes, Brasil e India, que poseen una pujante industria farmacéutica, se han especializado en la producción masiva de medicamentos genéricos y han conseguido espectaculares éxitos en la lucha contra algunas de las peores enfermedades infecciosas. Muchas ONG llevan reclamando desde hace años que se permita la exportación de medicamentos-copia baratos a todos los países pobres sin excepción, ya que de esa manera las grandes epidemias como el sida, la tuberculosis, el paludismo y otras serían mucho más fáciles de combatir y mucho menos mortíferas. Eso pondría fin a una de las mayores injusticias contemporáneas, que hace que los pobres se mueren por pobres, por no tener dinero para comprar los medicamentos que los podrían curar. En Doha, los países en desarrollo habían obtenido por fin la posibilidad de acceder a tales medicamentos baratos. Se había establecido la primacía del derecho a la salud sobre el derecho al comercio. Pero esta gran victoria ética se ha visto frustrada en Ginebra por el egoísmo de Estados Unidos y por las presiones de las grandes empresas farmacéuticas multinacionales. El propio director general de la OMC, el tailandés Supachai Panitchpakdi, ha reconocido que esta decisión le da la razón a todos aquellos que critican el carácter inhumano de la globalización liberal: «Al dar la prioridad a la cuestión comercial sobre la cuestión humanitaria, se ha desacreditado colectivamente a la OMC». Y Germán Velásquez, coordinador del programa de acción sobre los medicamentos de la OMC, ha reconocido: «Durante más de un año nos hemos perdido en elucubraciones bizantinas, en interminables debates administrativos, en absurdas polémicas de terminología. Olvidándonos de que, mientras tanto, millones de personas se estaban muriendo».