15 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

UNA CIUDAD también se engrandece con la literatura. Cuando es recreada en páginas literarias de calidad, gana dimensiones. Amplía su geografía con la imaginación y la emotividad del lector. Lisboa se agranda en las páginas de Pessoa y de Saramago; París se prolonga en las de Balzac, Víctor Hugo o Baudelaire; Madrid se humaniza en las de Galdós o Baroja. Sólo son algunos ejemplos. Desde este invierno, incorporaré a Pontevedra a ese grupo de ciudades ensanchadas y prestigiadas por la literatura. Estuve unos días en Pontevedra el verano pasado. La ciudad estaba intratable: las aceras, levantadas; las calles, cortadas; el tráfico, imposible. Y el personal muy alterado. No se entendía bien cómo se podía abordar, al unísono y sin tregua, una obra de semejante envergadura. ¿Dónde se preveía que aparcarían los coches? La ciudad tenía un rictus de acritud que no coincidía con el encanto y atractivo que, hasta ese momento, siempre le había encontrado. Pero, sabedor de que Pontevedra había sido, en un alto porcentaje, el referente real del novelístico Castroforte del Baralla, la ciudad de La saga/fuga de J.B. de Torrente Ballester, intenté explicarme el fenómeno como algo consustancial con su gusto por la ensoñación y la leyenda. Pensé que, por algún arrebato incontrolable, todas esas excavadoras y martillos ametralladores estaban buscando con ahínco el tesoro del pirata local Benito Soto. Todos los pontevedreses saben que su sanguinario paisano (habla de él J. Mª Castroviejo en la novela La burla negra , frase que recupera una trágica actualidad con el Prestige ) escondió en la ciudad un tesoro fabuloso: tres baúles llenos de alhajas, monedas, perlas, piedras preciosas... Entendí que había llegado el momento y que, por iniciativa de la Tabla Redonda, transfigurada ahora en autoridad municipal, se había decidido buscar por toda la ciudad semejante fortuna. Se acabarían los tiempos de penuria. Hace unas semanas, volví a Pontevedra por razones que tenían que ver con la novela de Castroforte del Baralla. Y me encontré con una ciudad de otros tiempos. La parte vieja, peatonalizada, cuidada, tiene el encanto de lo antiguo, la sencillez de lo noble y la belleza inteligible de lo clásico. Si han arreglado los problemas de infraestructura -tráfico y aparcamientos, especialmente-, los responsables municipales habrán conseguido un acierto pleno. Un ejemplo para otras ciudades gallegas. Pasear, sin prisas, por sus calles y plazas bajo la luz de los faroles, con la lluvia iluminando las piedras, es uno de esos placeres que aún se pueden disfrutar gratuitamente. Pero además del encanto que la ciudad rescató para el presente, para muchos lectores de La saga/fuga Pontevedra ha ganado también dimensión literaria. Por su respeto al pasado. En efecto, en el café Moderno no resulta difícil adivinar a D. Torcuato del Río -personaje literario creado sobre el pontevedrés D. Torcuato Ulloa- y a Coralina Soto, trasunto de la Bella Otero. La plaza del Teucro no tiene magnolios, como en la novela, pero es la misma, y la iglesia de Santa María aún esconde el misterio del Cuerpo Santo. En la plaza de la Peregrina echamos en falta la farmacia de D. Perfecto Feijoo, en la que ejercía de mancebo el mítico loro Ravachol, y que pasó a la novela como la farmacia de Reboiras, en la que había también un loro milenario, capaz de guardar en su memoria toda la historia de Castroforte. Además, el paseo tiene otro aliciente que se agradece: es necesario hacer un alto en cualquier taberna de la zona vieja para no hacernos un lío con la historia, la literatura y la realidad de esta ciudad admirable.