Quijotadas

RAMÓN CHAO

OPINIÓN

02 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

-Y A VUESTRA merced, ¿quién le fía, señor cura?, pregunta airado don Quijote al ministro de Dios que pretende ser ejemplo y garante moral de su prójimo. En la pregunta del ingenioso caballero se puede adivinar una de las muchas muestras que abundan en Don Quijote de la Mancha del erasmismo en Cervantes. Una creencia latente igualmente cuando el caballero andante libera de la cadena a los galeotes; en su famosa frase «Alto, Sancho. Con la iglesia hemos dado» ( y no topado) y en la sublime «¡Yo sé quién soy!», exclamada por un loco cuya demencia nos atañe a todos. -Mi profesión -dijo el cura-, que es de guardar secreto. Al escribir esto, la mente de Cervantes recordaba siglos de oscurantismo y tiranía, con el degüello de Prisciliano, la matanza de los cátaros, las Cruzadas, la Inquisición y el concilio de Trento. Ya que estoy en plan cervantino, le preguntaría a los americanos: Y a ustedes, ¿quién les fía? Porque de pronto nos viene a la mente la anexión de la mitad del territorio de México, las guerras de Corea, de Vietnam, las invasiones de Guatemala, República Dominicana, Panamá, la intervención en Chile, en Afganistán, y ahora las amenazas a Irak y Venezuela. ¿Quién se va a fiar del fiador de estos fiadores? Su Religión podría ser la ONU, pero bien sabemos el caso que le hacen, que a cada resolución desfavorable amenazan con retirarse, no la cumplen y siguen adelante con su empeño de guardar el petróleo del mundo. Cierto es que las razones para dudar de la autoridad moral del gendarme universal no escasean, pero el otro día, al enterarme de que los EE.?UU. bloquearon el acceso de los países pobres a los medicamentos baratos, la duda se convirtió en repugnancia. Supe que Zackie Achmat, responsable de la principal organización de lucha contra el sida en Sudáfrica, seropositivo, se niega a utilizar antirretrovíricos mientras no sean gratuitos para todos los enfermos, pobres y ricos. Y su grito desgarrado y trágico no llega a oídos americanos, por lo cual se puede presagiar una salida: que se muera, cuanto antes mejor, pero sin escándalo. El veto norteamericano a cualquier acuerdo de la Organización Mundial de Comercio (OMC) para que los países pobres y afectados por epidemias puedan importar medicamentos genéricos (baratos) a fin de luchar contra el sida, la tuberculosis, el paludismo y otras enfermedades mortales obedece a la intervención de las industrias farmacéuticas americanas, del mismo modo que la petrolera y la armamentística pugnan por la guerra permanente. Se ha dado un paso atrás. La conferencia de la OMC en Doha, en noviembre de 2002, había iniciado un ciclo de esperanza en favor del desarrollo. Pero sus conclusiones habían de ser ratificadas en Ginebra para su aplicación concreta. La conferencia se cerró este fin de semana de forma escandalosa, secreta, y el bloqueo del acuerdo tomado por mayoría. Se regresa al dogma liberal que siempre guió a la OMC, cuyo abanderado es Estados Unidos. Repugnante. Tanto más que el año recién terminado ha sido el más atroz en la epidemia del sida: 42 millones de seropositivos, 5 millones de nuevos infectados y 3,1 millones de muertos (entre ellos, 610.000 niños de menos de quince años), todos ellos contabilizados en Europa y países subdesarrollados. Aterrador. Aún falta la cola por desollar, que diría Sancho: de aquí al 2010 el número de contaminados alcanzará los 45 millones. Hoy por hoy el 99% de los enfermos asiáticos y africanos carecen de medios para aplicarse tratamientos antirretrovíricos, y cada día la muerte se lleva a más de 8.000 personas. Mientras tanto, la industria farmacéutica va bien, como España, y la de armamentos se frota las manos ante el despliegue de tropas en Oriente Medio.