LA CATÁSTROFE del Prestige , arrasando con su vertido letal el litoral gallego, marcará un nuevo período en la historia de Galicia. Se hablará de nuestro país antes y después de esta tragedia porque sus efectos van a condicionar el futuro tanto en lo social, como en lo político, como en lo económico. Socialmente, Galicia se conmovió en la tragedia y por primera vez se sintió herida colectivamente y adquirió conciencia de su identidad en la desgracia. Esta protesta unánime es prueba de que el pueblo gallego es capaz de romper su conformismo tradicional. En lo político, los partidos con mayor protagonismo en esta tragedia no han estado a la altura del pueblo, que de modo ejemplar, sin medios, lucha por su mar en unión de voluntarios y fuerzas del Ejército que son pueblo también. Ya decía Ortega que en España lo que no ha hecho el pueblo ha quedado sin hacer. Los partidos, enfrascados en la confrontación, actúan de cara a la galería en busca del voto perdido sin ofrecer soluciones de presente o programas de futuro. En lo económico, Galicia se enfrenta a un largo período de recesión, singularmente en su franja costera, que tiene en las actividades relacionadas con el mar su fuente principal de ingresos. No hay en la UE comarca más dependiente de la pesca que el Atlántico gallego, aunque Bruselas no lo reconozca. Pero, a mi juicio, esta situación va a trascender a toda la economía de Galicia porque los efectos de la actividad pesquera son muy amplios y diversos y porque el litoral afectado es el de mayor renta y mayor crecimiento demográfico de Galicia. Y aun cuando algunos analistas circunscriben al área litoral los efectos negativos de la marea negra, yo sostengo que cuando amaine la euforia social del momento, Galicia perderá posición, porque globalmente descenderá el valor de su producción en bienes y servicios. La estructura económica del país carece de la fortaleza necesaria para sobreponerse a las importantes pérdidas de renta, producción y empleo que inevitablemente se producirán. En esta circunstancia, la acción del Gobierno es imprescindible. Pero son necesarias actuaciones enérgicas y decisorias, que trasciendan los simples programas de impulso turístico, créditos blandos o moratorias generosas. Todo ello, con ser necesario, no es suficiente. Cuando la solidaridad nacional está dando tan alto ejemplo, se necesita la solidaridad del Gobierno con Galicia. Y esta solidaridad pasa por un plan urgente de inversiones en infraestructuras de todo tipo, pero infraestructuras competitivas sin invocar dificultades orográficas que no se justifican. Por una política industrial con enérgicos incentivos de localización. Por la transformación de nuestros propios recursos, ganaderos, agrícolas y forestales. Por el fomento de la educación y de la investigación. Por recabar de la UE apoyo económico para la regeneración del mar y la costa gallega. Por solicitar de la UE el anticipo de fondos para inversiones presupuestadas en los próximos años, que deben materializarse inmediatamente en una región objetivo 1, con renta inferior a la media de España y de Europa, sin olvidar los medios de protección, control y limpieza del litoral, que ningún Gobierno ha considerado nunca. Esperemos que el Gobierno central se solidarice con Galicia.