De Socotora a las Cíes

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

LÍNEA ABIERTA

15 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

CON PRECISIÓN y arrojo se han estrenado los soldados españoles destacados en el Índico. El abordaje de un carguero sin pabellón y sin papeles, cargado de misiles norcoreanos, ha sido un suceso de dos connotaciones bien claras: la incardinación plenaria de España en el dispositivo militar occidental, y el alto nivel de preparación de nuestro Ejército profesional. De otra parte, la llegada de los soldados cuando la catástrofe del Prestige enlutaba las economías familiares y el ecosistema marino de Galicia, da pie para preguntarse si de subsistir el servicio militar de reemplazo, se habría dispuesto, en menos tiempo y en número sustancialmente mayor, de tan decisiva asistencia. Más allá de las obviedades sobre el menester primordial de los Ejércitos, está bien claro que entre sus fines se encuentra el de la defensa nacional, en un sentido más amplio que sólo el bélico o el disuasorio. La defensa nacional es servicio al interés nacional en cualesquiera de las muchas manifestaciones en que éste puede expresarse. Y, en cualquier caso esa función preservadora de la defensa nacional ha de realizarse igual de una forma represiva que de modo preventivo, asignándole suficientes recursos, que, por su fin, son siempre estratégicas. Y si éstas se constituyen a veces en petróleo, ¿por qué no también en hombres, más allá de la idea de reservistas , signada siempre por la hipótesis de guerra? La defensa nacional demanda para sus cometidos una masa crítica de hombres de inmediata disponibilidad. Pueden ser soldados, componentes de una suerte de «guardia nacional» como la norteamericana, objetores de conciencia en prestación civil sustitutoria... Con el anterior modelo de servicio militar habríamos tenido, por unos euros más, rambos en Socotora y suficientes soldados en la batalla del chapapote: desde el Miño al Bidasoa, pasando por las Cíes.