La hora de la verdad

| SUSANA FORTES |

OPINIÓN

PUNTO DE FUGA

15 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

LA SEMANA PASADA Maruja Torres recordaba el documental de Robert Flaherty titulado Los hombres de Aran , para ensalzar la batalla épica que se está librando en Galicia desde el hundimiento del Prestige . Por si alguien no conoce la película, diré sólo que en ella su director dio a conocer la existencia de unas islas del mar de Irlanda donde la extrema dureza de las condiciones de vida y la violencia del mar obligaron a un pequeño puñado de hombres y mujeres en medio de la soledad inmensa del océano a desafiar la adversidad con una voluntad templada a acero. Una historia de coraje y desamparo que se repite ahora en todo el litoral gallego. Hay algo profundamente conmovedor en la movilización espontánea de miles de personas que desde el primer momento se lanzaron a defender el mar con sus propias manos. Nadie puede obligar a nadie a ser un héroe, pero todos sabemos que existen ocasiones en la vida -pocas pero definitivas- en las que es necesario dar la talla. Son instantes de máxima tensión en los que también se forjan las grandes epopeyas colectivas. Momentos en los que uno se la juega. Pues bien, este principio moral que sirve para los toreros y los pescadores, para los realistas y para los que sueñan, atañe también a los políticos. Su gestión en las situaciones límite es casi la única razón que justifica la necesidad del Estado. Todos conocemos a dirigentes a los que, independientemente de que nos gusten o no, hay que reconocerles que han sabido estar en su sitio a la hora de la verdad. Pensemos en el alcalde de Nueva York coordinando el mando desde los escombros de las Torres Gemelas mientras el presidente Bush permanecía escondido bajo tierra en un refugio nuclear. O recordemos al canciller alemán Schröder metido en el Elba con el fango hasta las orejas. No es algo que tenga que ver con la ideología política, sino con la dignidad y el coraje de cada cual. Lo más grave de lo ocurrido en Galicia no ha sido el hundimiento del Prestige , sino el naufragio absoluto del Estado. Mientras la marea negra se acercaba a la costa, hemos podido comprobar la incompetencia de los máximos responsables del Ejecutivo incapaces de valorar el tamaño de la catástrofe. Las descoordinación, la falta de autoridad y de medios han convertido este naufragio en uno de los espectáculos más lamentables que ha ofrecido una clase política. Frente a la gran ausencia del poder, las imágenes de pescadores y voluntarios levantando el fuel a paletadas han conmovido a medio mundo. Los hemos visto agotados, con los ojos enrojecidos por la rabia y el alquitrán, blasfemando, pero sin cejar en su empeño. No más lunes al sol. Es la lección de un pueblo con fama de sumiso que, sin embargo, a la hora de la verdad, ha sabido echarle agallas. Su veredicto sobre los cazadores que nos gobiernan lo ha resumido muy educadamente una mariscadora de Malpica: «Por favor, que emigren».