POR MUCHO que se diga, los políticos tienen tendencia a levitar. Ante la catástrofe ecológica del Prestige , los políticos se han enzarzado en todo tipo de acusaciones, cuando la sociedad esperaba que se unieran para hallar soluciones. Lamentablemente, la oportunidad «política» está servida. La culpa de la marea negra la tiene el gobierno. ¿Qué gobierno? Da igual, todo aquel gobierno que pueda ser zarandeado en las tribunas donde puede oírse la voz atronadora que pide: «Dimisión, censura, expulsión». Así, a la oposición de la Xunta le ha parecido urgente presentar una moción de censura a Fraga. ¿Cómo es posible que un presidente no esté, todos los días, en su despacho o presto a ir a cualquier punto de la costa gallega para hacer de bombero, miembro de Protección Civil, práctico de puerto, o animador sociocultural? Los que conocemos a don Manuel sabemos de su implicación pasada, presente y futura en las cuestiones que afectan a Galicia y a los gallegos, que residen en Galicia o fuera de ella. Lo mismo que sabemos de su ingente capacidad de trabajo y de su capacidad innata para la toma de decisiones. Pero, la oposición ha preferido utilizar la tribuna del Parlamento para tratar de derribar al gobierno, acusándolo de todos los motivos que han podido originar la rotura de uno de los muchos petroleros que surcan los mares de la UE con sus entrañas llenas de «material energético para nuestra civilización» o productos altamente contaminantes si se desparraman por esas aguas de Dios. La sociedad pide soluciones. Desea que las instancias del poder estén a la altura de cada circunstancia muy especialmente de aquellas que supone peligro para el medio ambiente o para los recursos necesarios para mantener una renta capaz de asegurar el ejercicio de la ciudadanía. Se equivocan quienes creen que la solución a la marea negra es la moción de censura, salvo que funcione el viejo dicho de: «Calumnia, que algo siempre queda».