CUANDO PASEN las desastrosas consecuencias del siniestro del Prestige será la hora de aprovecharlo como lección. El unánime rechazo europeo hace concebir esperanzas de que la normativa sobre el doble casco acelere sus fechas de cumplimiento. Pero eso no es suficiente: por mucho que los buques estén dotados de doble casco no debemos descartar el error humano y la reproducción de la catástrofe. Por eso muchos creemos que desde este momento debería ponerse en marcha una red comunitaria de seguridad en el mar, que nos capacitaría para luchar contra estos imprevistos. Se trataría de convertir algunos de los grandes puertos del continente en centros de intervención contra la contaminacion. Por ejemplo, Bergen, Rotterdam, Brest, A Coruña o Vigo, Cádiz o Algeciras, Génova y El Pireo podrían convertirse en bases de buques de recuperación de hidrocarburos, remolcadores de alta capacidad, pertrechos de todo tipo, instalaciones de reciclaje en tierra y equipos humanos bien formados, dirigidos por técnicos y bajo una única autoridad europea para acudir al lugar del siniestro sin dilaciones. Una financiación común, con aportaciones de cada nación según su PIB o según el registro bruto de su flota, permitiría atacar mancomunadamente las crisis y evitaría las restricciones de recursos que hoy lamentamos.