LA UNESCO pretende con el renacimiento de la antigua Biblioteca de Alejandría rememorarla reafirmando su herencia universal en términos actuales. Alejandro de Macedonia, el fundador de Alejandría, la gran ciudad cosmopolita que pese a estar en Egipto era más bien griega, estaba considerado un gran amante de la literatura y la música, lo que probablemente pueda achacarse a la influencia de su preceptor Aristóteles. Cuenta la leyenda que fue nada menos que Homero quien se le apareció en sueños, recitándole un pasaje de La Odisea , para indicarle el mejor sitio para establecer la nueva ciudad. Alejandro confió su trazado al arquitecto Deinócrates de Rodas, quien realizó su replanteo con harina a falta de suficiente cal, lo que dio lugar a toda clase de especulaciones sobre el futuro. A la muerte de Alejandro, Egipto quedó en poder de su general Ptolomeo, quien instauró el culto sincrético a Serapis, como una especie de númen tutelar de la nueva dinastía, pero que luego se extendería a todo el mundo antiguo como una deidad greco-egipcia asociada al culto de Isis, la virgen madre. En España es famoso el Serapeum de Ampurias y en Portugal, el santuario de Panoias. Evérgetes I y Filadelfo llevaron la ciudad a la máxima grandeza, con su magnífico Serapeum y la gran Biblioteca real. Competía con la también magnífica biblioteca de la hermosa ciudad de Pérgamo, sede de la dinastía Atálida fundada por otro de sus generales. El Mouseion siguió el plan de las dos grandes escuelas atenienses, con bibliotecas dedicadas a la investigación. Su nombre indica su dedicación a las Musas, junto con el dios Apolo. Cuando hubo que ampliar la Biblioteca, en parte gracias a la pasión por los libros de los Ptolomeos, se dispusieron en el Serapeum adjunto. Se pretendía dar una dimensión universal a la Biblioteca con traducciones al griego, en un antecedente de nuestros traductores de Toledo que vertieron la sabiduría antigua del árabe y el griego al español. Pero toda maravilla tiene su fin y la Biblioteca sufrió dos incendios destructivos. El primero durante la guerra civil entre César y Pompeyo en el año 48 antes de Cristo, al incendiarse los navíos fondeados en el puerto y provocarse un fuego devastador. Se perdieron 700.000 libros, parcialmente compensados con las aportaciones procedentes de la biblioteca de Pérgamo que Marco Antonio trasladó a Alejandría. Diocleciano reprimió severamente una revuelta en el año 297, ejecutando a algunos sabios y quemando parte de sus libros, sobre todo de alquimia. La segunda destrucción, producida en el año 391, siendo emperador Teodosio, con ocasión de su persecución del paganismo moribundo, no se debió a la guerra sino al fanatismo teocrático, en este caso de Teófilo, el obispo cristiano de la ciudad, que excitó a las turbas al saqueo, el pillaje y la destrucción de la gran institución. Con la presencia de la Reina se ha inagurado un nuevo edificio para biblioteca de Alejandría. Ojalá que no se quede sólo en eso, sino que dicha construcción física promueva, en estos tiempos turbulentos en que surgen nuevos fanatismos o se reavivan otros, el antiguo ideal cosmopolita de libre búsqueda del saber y la ciencia, ideal que hace grandes a los pueblos y permite progresar a la Humanidad. En palabras de doña Sofía: «El recuerdo de la antigua Biblioteca de Alejandría, que ha traído hasta nosotros el más genuino y auténtico concepto de la cultura universal, debe ser el faro que ilumine la gran obra del saber y el conocimiento, morada de las Letras y de las Ciencias, que la nueva Biblioteca aspira a ser».