Las inteligencias puestas en duda

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

23 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

IMAGÍNESE el lector su convocatoria a una cita con una persona de alta responsabilidad política que le recibe con las siguientes palabras: «He hecho que le llamaran para discutir unos cuantos temas que conciernen a su trabajo y de los que es probable que usted tenga algo que disimular u ocultar». ¿Cómo se le pondrían los humos al lector? Pues esas fueron las palabras con que recibió un comité del Congreso de los Estados Unidos a Coffer Black, un ex-director del departamento antiterrorista de la CIA cuyo nombre figuraba en una lista de objetivos a batir por Al Qaida, la organización terrorista de Bin Laden. «Pero, bueno, ¿ustedes de qué van?», fue la respuesta del interpelado, con la que logró una ristra de apresuradas excusas basadas en que alguien se había equivocado entre el verbo to disagree (discrepar) y to dissemble (disimular, ocultar). Dado que las meteduras de pata suelen ser tan tercas como empecinados sus argumentos ocultos, pocos días después el senador Graham se refirió a la necesidad de someter a un control mucho más estricto las operaciones encubiertas desarrolladas por la CIA en combinación con el servicio secreto del Pentágono -la Defense Intelligence Agency-, habida cuenta -dijo el senador- de que tales operaciones «suelen ser más bien locuras». Son dos muestras bastante elocuentes de por dónde van los nervios entre las instituciones políticas americana y los espías del Gobierno en un país que se gasta al año treinta y cinco mil millones de dólares en sus diversas agencias de inteligencia. Lo singular del caso es que los nervios no acaban ahí, sino que se distribuyen de manera menos cómica y más dramática con las discrepancias entre el gabinete de Bush y los servicios de espionaje. Donde el Gobierno habla de los vínculos entre Sadam Huseíin y Al Qaida, de las posibilidades inmediatas de que Irak se haga con armamento nuclear y de su capacidad para atacar a los Estados Unidos con bombas bacteriológicas, los espías dicen que los vínculos, de existir, no pasan de «tenues», de que las posibilidades habrían de entenderse como remotas más que como inmediatas, y de que no cuentan con las suficientes evidencias para asegurar que Irak dispone de un armamento bacteriológico tan inquietante. Así andan las cosas entre los políticos, el Gobierno y los espías de los Estados Unidos, inscritas en un triángulo cuya resolución es, como poco, embarazosa. El presidente Bush, su secretario de Defensa, Rumsfeld, y la encargada de la Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, esperan de sus departamentos de inteligencia un material que sustente con evidencias claras y razones contundentes una política belicista que, de otro modo, habrá de estar dispuesta a cabalgar sobre sí misma. El Congreso y, sobre todo, el Senado -con dominio del Partido Demócrata-, exige una transparencia de los servicios secretos cuya práctica los pondría más cerca de los servicios informativos que de los secretos propiamente dichos. Los espías, por su parte, dicen que comienzan a estar hartos de que todas las patadas acaben en su propio culo. Todos tienen razón. El Gobierno no quiere ni puede correr el riesgo de tirar por el camino de en medio y de que le cojan con buena parte de sus razones en blanco o bajo interrogantes. Los congresistas y senadores tampoco están a gusto con la impresión -bastante real y cierta- de que hay cosas para las que les han puesto a residir en Babia. Y los espías se muestran tan reacios como pueden a que su silencioso trabajo circule por los pasillos donde rige la oratoria y la retórica. Y todos coinciden, sin embargo, en que donde mejor funcionan estas geometrías es en los dominios de Su Majestad Británica.