HACE VEINTICINCO años Girona era una bella durmiente, embebida durante largo tiempo en una nebulosa de incienso y olvido, sin contenido urbano y vital. El planeamiento y la recuperación del centro histórico, junto con el desarrollo de un programa de iniciativas empresariales, turísticas y culturales, la han convertido no solamente en la capital española con mejor calidad de vida por tercer año consecutivo, sino también en una ciudad con mayor equilibrio, sostenibilidad y reparto. Incluso ha crecido en interés literario a raíz del best seller de Javier Cercas, Soldados de Salamina, y musical con la edición de la obra completa de su hijo predilecto, Xavier Montsalvatge. En el principio fue el color, aplicado a las traseras de las casas que dan sobre el río Onyar. En la transparencia de las aguas someras donde, después del cierre de la papelera, vuelven a nadar las carpas, se reflejan las fachadas antes grises y descuidadas, ahora alegres y con buena cara, formando a través de los puentes que unen las dos orillas un conjunto de gran calidad ambiental. Luego la Universidad, de creación todavía reciente, situó sus sedes principales ocupando antiguos edificios. Con el tiempo y un trabajo sistemático, un conjunto histórico marcado por la interculturalidad, en el que destacan con especial protagonismo el Call -el barrio judío- y las imponentes murallas transitables, se ha reconvertido a pesar de su complicada topografía en un lugar idóneo para la residencia, el comercio y la movilidad. Aquí se viven las cuatro estaciones de forma bien definida. En las fiestas de primavera, los patios privados se llenan de flores y se abren a quien quiera visitarlos, rivalizando en encanto y hospitalidad. En verano, las estrechas y empinadas calles ofrecen frescos rincones de sombra donde charlar sin prisa. En otoño la amplia Devesa a la entrada de la ciudad compite en colorido con las fachadas sobre el Onyar. En invierno la rica vida cultural concentra el interés en el interior de las salas, librerías y galerías. En toda época la gastronomía, con esa singular fusión de ingredientes que los catalanes llaman mar i muntanya, hace propuestas muy interesantes entre la tradición y la innovación. Girona ha iluminado de nuevo su antigua belleza y ha convertido en presente su memoria, recuperando una imponente arquitectura monumental y una animada actividad. Es la plasmación del proyecto urbano que el ex alcalde historiador Joaquim Nadal concibió para su ciudad y que ha permitido a los gironins recobrar la ilusión. Su libro Girona, ciutat viva i de colors puede servir, en mi opinión, como manual de buen gobierno municipal. Hoy el equipo de la actual regidora, Anna Pagáns, formula nuevos retos para impulsar una capital que pronto, con el AVE, estará a veinte minutos de Barcelona y a poco más de la frontera francesa y que, con su afortunada situación entre la Costa Brava y la montaña, será todavía más, si cabe, un poderoso atractivo para vivir y visitar.