Cuatro años sin los 21 del Pitanxo: esos papás a los que los críos que apenas conocieron les ponen rosas
SOMOS MAR
Todo es dolor desde aquel 15 de febrero en el que esos hombres perdieron «su vida única e irrepetible» a bordo del barco. Todo, salvo algunas cosas; las miradas de sus hijos, la valentía del superviviente Samuel y la resistencia de sus familias para reclamar verdad y justicia
21 feb 2026 . Actualizado a las 21:50 h.Cuatro años; unos mil quinientos días y noches. Ese el tiempo que ha pasado desde aquel 15 de febrero del 2022 en el que las crónicas de las desgracias en el mar sumaron una de sus páginas más negras: el naufragio del Villa de Pitanxo, un barco de la armadora Pesquerías Nores de Marín en las gélidas aguas de Terranova, que se llevaría la vida de 21 hombres. Cuatro años pasaron. Y, sin embargo, el acto organizado por las familias de los náufragos en Marín en este cuarto aniversario ha vuelto a ser una puñalada al corazón. Lo es por la tragedia en sí; por esa sensación terrible de cómo en una sola madrugada se pueden acabar para siempre 21 vidas «únicas e irrepetibles», como dijo el Defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo. También por la resistencia numantina exhibida por sus padres, madres, mujeres, hijos, abuelos, amigos... Porque todos y cada uno de ellos postergaron sus duelos para buscar la verdad y ahora exigen justicia con la esperanza de que llegue pronto la sentencia que tanto esperan. Y, cómo no, también fue un acto durísimo porque Marín es mar y salitre a tiempo completo y esos 21 de la foto podrían ser el padre o el hijo de cualquier otro vecino. Así de simple.
Todo parecía, en este sábado en el que el sol pegó con fuerza en el paseo marítimo de Marín donde se recordó a los 21 del Pitanxo, una foto fija de aquella madrugada en el que saltaron de la cama ante la peor noticia de sus vidas. De la impotencia que vino después. De la desesperación. Pero no todo era igual. Las familias, que en su día se sintieron muy solas, ahora ya no lo están tanto. Su verdad, la que defendieron desde el minuto cero, ahora va tomando forma en los papeles, bien en el contundente informe de la Comisión de Investigación de Accidentes e Incidentes Marítimos (CIAM), que confirmó la negligencia del patrón del barco (y uno de los supervivientes) y las irregularidades cometidas por los armadores. O de la durísima acusación del Ministerio Público, que dice que patrón y empresa armadora exhibieron un «grosero desprecio por la vida» de quienes trabajaban para ellos.
Para todo ello han servido estos cuatro años, en los que la vida no ha parado. Es por eso que ahí estaban, guapísimos, vestidos de domingo aún siendo sábado, los hijos e hijas más pequeños del Villa de Pitanxo. Niños y niñas que en algunos casos prácticamente no conocieron a sus papás, porque eran bebés cuando ellos murieron. En ellos se reflejan dos cosas tan antagónicas como reales: que las sonrisas infantiles nunca fallan, pase lo que pase, y que sus padres se han perdido verles pasar de las sillitas y los balbuceos del primer año de la tragedia a los correteos de este cuarto aniversario. Con ellos cobra todo el sentido la pancarta durísima y llena de fotos que, un año más, presidió el acto y en la que se leía: «Siempre con nosotros, pero sin vosotros».
María José de Pazo, hija coraje de uno de los fallecidos, fue, como siempre, la voz anfitriona. Pidió perdón a las autoridades porque, un año más, el acto se guio por un único protocolo: el sentimiento de las 21 familias de los muertos. Por eso no hubo ronda de intervenciones institucionales y, más allá de De Pazo, solamente tomó la palabra una persona: Ángel Gabilondo, el Defensor del Pueblo. Probablemente este hombre tarde en olvidarse del acto al que asistió este sábado en Marín. O quizás no lo haga nunca.
Hay que decir que, antes de que comenzase, alguien le indicó a Gabilondo que podía tomar asiento en las sillas reservadas para los familiares. No le gustó la idea. «Esto es para las familias, yo no debo ocupar espacio», le dijo en voz baja a una persona de su gabinete. Con todo, como le insistieron, acabó sentándose. Y fue desde ahí desde donde su mirada se fue emocionando conforme María José de Pazo contó por qué las familias querían que tomase la palabra. «Este hombre, cuando estábamos desesperados, nos recibió y nos escuchó. Pero no nos escuchó por escuchar, porque eso se nota. Nos escuchó con la intención de ayudar, mirándonos a la cara. Tu currículo lo sabe todo el mundo, pero la magnitud de tu bondad no», dijo De Pazo. Y añadió: «Tú engrandeces la institución y la sobrepasas».
Ángel Gabilondo tomó la palabra visiblemente emocionado. Dio las gracias y leyó un discurso franco, lleno de verdades. Como cuando dijo que esos 21 hombres a los que veía en las fotografías colocadas por sus familias habían perdido lo único irrepetible: la vida. También puso en valor la lucha de las familias, su búsqueda desesperada de la verdad: «Porque ese sí que es un verdadero homenaje». Y recordó que difícilmente puede olvidar cuando las recibió y escuchó porque le dijeron algo que le marcó: «Según vuestro criterio, y voy a decirlo en tono solemne, una negligencia grave había causado la muerte de vuestros seres queridos». Hubo un sonoro aplauso. Y él señaló luego que entendiendo esa frase, sin prejuzgar absolutamente nada, respetando escrupulosamente el juicio que está por venir, se podía deducir claramente cuáles eran las necesidades y pretensiones de las víctimas de la tragedia. Hasta llegó a darle un pequeño de tirón de orejas a las instituciones por ir, al principio, un poco más lentas de lo que los familiares necesitaban.
Las lágrimas no dejaron de rodar en el acto celebrado en Marín porque, tras intervenir Gabilondo, María José de Pazo habló de alguien que, aunque se esconda en la cuarta fila, aunque no hable, aunque baje la mirada y no pida que le apunten los focos, siempre será el «faro de la verdad» del Villa de Pitanxo. Es Samuel Kwesi, por supuesto, el único superviviente del naufragio más allá del patrón y su sobrino. A él le siguen agradeciendo que haya contado la verdad. Lo que vio en Terranova. Lo que escuchó. De Pazo recordó que Comisiones Obreras, «el único sindicato que se interesó y ayudó», le va a dar un premio: «Las familias nos alegramos mucho, Samuel, porque nosotros sabemos lo valiente que eres y los buenos principios que tienes, pero queremos que lo sepa también el mundo entero».
Caía la tarde y la iglesia esperaba ya para que, a las seis en punto, comenzase un acto religioso. Antes, el encuentro frente a la placa de recuerdo de las víctimas en el paso marítimo terminó con la Salve marinera interpretada por la banda de música de la Armada y cada familia pronunciando en voz alta el nombre de su fallecido. Juan Antonio, Raúl, Pedro, Francisco, Fernando González, Michael, Pelungo, Juan, Miguel Ángel, Diego, Daniel, William, Edwin, Ricardo Alonso, Ricardo Arias, Martín, Edmon, Fernando Santomé, Rogelio, Francisco Manuel y Jonathan: «Siempre con nosotros pero sin vosotros».
Un sentido homenaje al joven Miguel Gestido con sus padres presentes
Antes de terminar el acto celebrado, hubo aún tiempo para más lágrimas bajo el sol de Marín. Porque allí estaban, sentados como unos más entre las familias, los padres de Miguel Gestido, el joven de Cangas que falleció en noviembre en un accidente de moto y que fue uno de los tripulantes del Playa Menduíña que ayudó en el naufragio del Pitanxo. De él se dijo a micrófono abierto que era «un niño lleno de luz y bondad» y, un año más, se les volvió a agradecer a él y a sus compañeros, que esta vez no acudieron al homenaje porque están faenando en el mar, todo lo que hicieron tras el hundimiento: desde ayudar a pie de barco a contar después todo lo que allí había sucedido.