«DEBERÍAN matarlos a todos», dice mucha gente. Lo dicen quiza la mayoría de los españoles, ya más que hartos de tanta sangre y de tanto goteo de muertos inocentes, cuando en el telediario o en el periódico asoma una noticia sobre ETA. Y ellos no esperan otra cosa. No aspiran a que besemos sus fotos. Pretenden, precisamente, que los deseemos la muerte, que les odiemos con la mayor rabia posible, ansían nuestro miedo. Pero esa es su lógica. Seguirla significa luchar en su campo, en el que ellos han elegido y con las armas que mejor conocen. Es decir, significa un error gigantesco. No se puede combatir a ETA -casi cincuenta años lo atestiguan- sólo con medidas policiales y políticas a corto plazo. El mismo Otegi, que a veces parece tonto, dio ayer una magnífica pista: que ETA continuará matando porque sigue reclutando jóvenes. Hay estudios sobre la procedencia de los etarras, que ya no responden, como en los sesenta, al perfil de universitarios idealistas. Son, casi siempre, hijos del desarraigo captados en la infancia. Atacar esa base requiere más inteligencia y más tiempo que los que permiten las políticas meramente electoralistas. Obliga a un esfuerzo cultural, asistencial y educativo del que jamás se habla. ¿Por qué?