Mirar el otoño

OPINIÓN

20 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

UNO DE estos días comienza el otoño. Hace algunos años descubrí un libro revelador: Mirar un cuadro , de Alinovi, que me enseñó para siempre la diferencia que existe entre mirar y ver. Desde entonces rebusco en los lienzos la vida pintada, descifro una sonrisa que habita en un rictus sugerido esbozado en un rostro, descubro el equilibrio en los pliegues de un manto y observo la lectura cabalística, toda la magia que cabe en una obra de arte por modesta que sea. Y digo esto para aprender a mirar el otoño, que es un gran cuadro pintado por la naturaleza con una paleta de soles marchitos, de brisas y de lluvia. Tiempo de vendimias, de peras y de membrillos, el otoño en Galicia va naciendo poco a poco, aunque es largo, tanto como tibio y sereno, acaso la estación más fraternal del año. Se para en los pámpanos de las viñas, se queda quieto en la Ribeira Sacra o en la uva albariña, reside en las copas de los abedules y los alisos, en los carballos y en los castiñeiros y los verdes, todos los verdes de Galicia se van trasmutando en oros viejos, en ocres, en el color de los carmines, que se entretejen y van formando alfombras imposibles hilvanadas con miles de hojas secas que el viento desgobierna. El carro de las lluvias llega por estos días al país. Aseguran quienes lo conocen de antiguo que viaja desde las islas de Irlanda y se ubica temporalmente entre nosotros. No sé bien si las peras de este tiempo son las de manteca que se convierten en almíbar al paladearlas o si es la estación de las peras urracas, delicia gastronómica de gourmets y de gourmands que compartimos con los borbones franceses, amantes fidelísimos de estas peras que sólo se cultivan en ciertas parroquias de Galicia y en muy contados lugares de las galias francas. Cuenta mi admirado y muy citado Cunqueiro que fue Odin, cuando murió por vez primera -son célebres las numerosas muertes de este dios escandinavo-, quien secó las hojas de los árboles por los otoños. Una encina que Odin eligió para proteger su sueño y descansar malherido, se mofó riéndose de la sangre que manaba de sus heridas. Enfurecido, el dios lanzó su espada como la tempestad envía al rayo, partiendo en dos la encina. Las gotas de sangre de Odin secaron el árbol, y al morir el viejo caudillo se levantó un gran viento que esparció las hojas secas por todos los caminos de la tierra. Dicen antiguos libros del Norte que así nació el otoño. Y una vez más, con todo el misterio que envuelve a las estaciones que fija el calendario, estamos asistiendo a la proclamación de un nuevo otoño, preludio del invierno que tanto gusta de frecuentar Galicia. Pronto llegarán las últimas fiestas del año, el San Froilán por Lugo y las ferias del evangelista Lucas mediado octubre en Mondoñedo. Regresan los días menguados y la noche se va desovillando sola. Y como siempre llega esa lluvia obscena y pertinaz que rige y gobierna el carácter de la república de los gallegos, y que ha clavado la saeta de la melancolía en el corazón de los que estamos lejos. Bienvenido seas, señor otoño.