EL JUEZ GARZÓN estaba asfixiando al radicalismo abertzale del País Vasco -y lo seguirá asfixiando seguramente-. Y en respuesta a esa acción de la Justicia, el Gobierno vasco anuncia la presentación de una querella criminal contra Garzón por el delito de prevaricación. Precisamente estaba sufriendo ETA un duro golpe, por la caída en Francia de los jefes de sus comandos operativos, justamente el día después de que el Parlamento de Navarra decidiera disolver el grupo de diputados 'batasunos' e instalarlos en el grupo mixto, de acuerdo al auto de Garzón que suspendía las actividades de Batasuna, parlamentarias incluidas. Pero el Parlamento de Vitoria no siguió el ejemplo del navarro sino que, utilizando la mayoría de escaños nacionalistas, declaró el auto de Garzón nulo de pleno derecho, en defensa del respeto que se merece la cámara vasca y su capacidad autoorganizativa, en palabras del presidente Atutxa. Una frase de Patxi López, líder del socialismo vasco, definía la situación política en Euskadi: «El PNV, una vez más, se pone al lado del mundo radical». Se refería a la querella criminal del Gobierno vasco contra Garzón, tras haber afirmado que «las querellas se interponen contra los asesinos y no contra los jueces que los persiguen». Estaba ocurriendo, sin embargo, en el País Vasco algo que volvía a desconcertar al nacionalismo democrático. Se trata de la escasa emoción y pesar que las tribulaciones de Batasuna despiertan ahora en las calles, lo que supone que el mundo radical es más débil de lo que su violencia callejera y sus intimidaciones personales hacían presumir, y que más allá de los alborotadores perfectamente cuantificables y de la quiebra moral de los delatadores anónimos, la sociedad vasca vuelve la espalda al radicalismo, dicho esto último como simple hipótesis necesitada de comprobación.