NO SÓLO los gobiernos han puesto de moda la desregulación, sino que buena parte de los ciudadanos se apartan de los códigos destinadoas a normativizar comportamientos y actividades. Incluso las más elementales reglas de urbanidad y el protocolo han dejado de interesar casi absolutamente. En ocasiones, ese desinterés se traduce en consecuencias nefastas. En Cataluña, sobre dos mil y pico accidentes de tráfico ocurridos en los últimos años, el 49% de las víctimas mortales no llevaban cinturón de seguridad. En el conjunto de España, durante los últimos ejercicios ha habido casi dos millones de accidentes laborales en cada anualidad, y los datos conocidos de los últimos años arrojan un saldo, solamente en Galicia, de entre 90 y 130 muertos. Siendo graves estos y otros afanes desreguladores, todo parece indicar que es el código ético el que más se resiente. Cada vez importan menos los medios para conseguir fines ambicionados. Y que pautas de conducta que un día considerábamos sólidamente implantadas, como la aspiración del trabajo bien hecho, la paciencia para alcanzar cotas profesionales o el respeto a los demás, han ido perdiendo adeptos. Ese fino perceptor que es Joaquín Sabina refleja en una de sus canciones una autocomplacencia cada vez más notoria: «Siempre que me confieso me doy la absolución». Esta sociedad anticódigos se inclina reverencial y paradójicamente ante el código genético y las investigaciones nacidas a partir de su conocimiento. Esperando quizá una vida semieterna, exenta de enfermedades y de dolor. Como si el hombre moderno quisiera llegar a escribir Dios con minúscula, para acortar cada día más las distancias con él.