Viñetas y postales

|JUAN J. MORALEJO |

OPINIÓN

29 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

CON MOTIVO de la perejileces que han tenido babieca a la opinión pública y han hecho vibrar ardor guerrero en algunas voces, tuve ocasión de contarles que mi padre, becario en Salamanca con dos pesetas diarias, tuvo que dejar de aprovechar el tiempo con Unamuno para ir a pillarse el paludismo en las trincheras de Melilla. El mosquito anopheles por una vez no hizo honor al farde helénico de su nombre de inútil porque le hizo a mi padre el favor de que pudiera volver antes a recuperar el tiempo perdido, esta vez en Madrid con Menéndez Pidal y teniendo como compañeros de curso a Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y otros pesos pesados por el estilo. Y el folio pasado no dio para contarles que de Melilla se había traído y conservaba mi padre unas tarjetas postales que se vendían como recuerdos de la guerra y que mis hermanos y yo vimos y revimos mil veces mientras mi padre nos contaba sus recuerdos, que provocaban siempre cierto desencanto de la prole porque un padre tan cabal no había disparado un solo tiro. Lo cachondo y sadomasoca de aquella colección de postales es que una de ellas tenía por título «Enterrando los restos de un oficial hallado muerto en el campo...». ...Y, efectivamente, la tarjeta postal con que desde el frente marroquí podías dar una alegría a tu novia, a tus padres, a tu amigo... era la foto del entierro de unos huesos entre los que destacaba un costillar mondo y lirondo al que un capellán castrense daba el hisopazo. En un erial en el que al oficial seguramente no se le había perdido nada, un soldado y un moro de chilaba le daban aire a las palas para recoger lo que quedaba del oficial que ya lo había perdido todo. Presidía la ceremonia, marcial y apuesto, otro oficial de fusta y mostacho. En fin, era una postal para elevar la moral de la tropa, que en aquellos andurriales más de una vez pagó inepcias y faroles de arriba. Para desengrasar de pompas fúnebres, pero sin salirnos de la fugacidad de la vida y de sus bienes, nuestro padre nos enseñaba unos billetes alemanes grandes como sábanas y que en letra muy gótica decían valer yo creo que hasta un millón de marcos, pero no pasaban de ser tarjetas postales de un fracaso político y económico cuya superación llevó a uno de los mayores dislates que pudo parir la maldad humana. Pero también tuvimos cromos para divertirnos, por ejemplo, en un viejo método de Francés que había estudiado mi madre, con historietas de todo tipo, pero hoy nos quedamos con una muy frecuentada: una página con diez o doce viñetas en las que un mono se fijaba en cómo afeitaba un barbero a sus clientes, luego le robaba brocha, jabón y navaja y afeitaba a todos los monos de su panda y selva. Pocos años después descubrí que este mono metido a rasurador de pitorreo tenía su réplica trágica en una desfeita de otro mono barbero debida a la mano maestra en horrores, a Edgar Allan Poe. Hay más cromos y postales y cualquier día de estos rebobinamos memoria. Permanezcan atentos al folio.