¡POBRE Mario Conde! ¡Pobre hombre, apresuradamente rico! Lo he visto en la tarde de su máxima gloria, el día que acababa de asaltar Banesto. Estaba en su despacho de temprano triunfador, orgulloso como un emperador: «Vengo a modernizar la economía». Y le creí. Eran días en que muchos -salvo quizá quienes bien le conocían- creíamos en Mario Conde. Después supimos que los universitarios querían ser como él. Y él paseaba su ficción de modestia por las aulas que le hicieron doctor honoris causa : «Yo no tengo la culpa de ser un mito». La avaricia rompió su saco. Trató el banco como la finca de sus caprichos. Dejó que sus hombres se enriquecieran ante los ojos de media España. Y se llevaron el dinero desaforadamente, con el enorme descaro de los sinvergüenzas, en cantidades no imaginables, con incontenibles ansias de cuatreros. No respetaron ni los plazos que aconsejaba la prudencia. Hasta que el día de Inocentes del año 93 tronó el Banco de España y los desalojó como se desaloja a un grupo de ocupas. Mario Conde luchó contra el destino, porque es un luchador. Utilizó todas las vías de recurso. Pero ayer, el Tribunal Supremo escribió el gran stop a la osadía: 20 años de prisión. Y se acabó todo lo que quedaba de Mario Conde y su mítica memoria. Pudo serlo todo, y ya no pasa de ser un delincuente. Cuando se cierre la puerta de su celda, se habrá cerrado un capítulo de nuestra historia: el que practicó la ingeniería financiera en beneficio de sus bolsillos; el que santificó la cultura del pelotazo en forma de robo masivo... Todo eso va a la cárcel con Mario Conde y sus cómplices. Han pasado casi nueve años desde que se empezó a deshacer el muñeco. Y ayer, convertido en harapo, si supiera escuchar a este país, podría oír cómo exclamaba: «¡Ya era hora! ¡Que devuelvan también todo el dinero!»