CANARIAS ES, hoy por hoy, la tierra prometida para muchos jóvenes trabajadores gallegos. El archipiélago es, en efecto, el destino de una emigración, especializada o no, hacia un sector de la construcción sobredimensionado. Las Palmas, cuna de Pérez Galdós, Negrín y Kraus, con sus luces y sombras, es bella en conjunto. A primera vista, el crecimiento ha sido bastante controlado, quizá a causa de la «panza de burro» que impide que el sol luzca en la ciudad hasta pasada la planta potabilizadora, camino del aeropuerto. El centro histórico de Vegueta-Triana se ha recuperado con un plan de rehabilitación de muy buena apariencia; la trama urbana moderna se esponja en torno a la ciudad jardín; el barrio de Alcaravaneras conserva mucho y buen racionalismo, y la arquitectura popular, con nueva policromía un tanto excesiva, destaca en los riscos de San Nicolás, San Juan y San Roque. Lástima que la autovía, una de esas intervenciones dictadas desde los despachos de un ministerio, llegue hasta el centro truncando el encuentro del hombre con el mar, y que la obsesión de los rellenos amenace con ampliar la fractura del perfil urbano. Yendo hacia el sur en pos del sol, tras el inevitable mar de plástico que afea el paisaje pero hace fecundas estas arenas, y dejando atrás San Agustín y Playa del Inglés -oasis, a fin de cuentas-, vamos de sobresalto en sobresalto descubriendo el nuevo desarrollismo de la democracia. Los montes desnudos, no exentos de belleza, que se desploman sobre la costa pedregosa se han forrado con construcciones escalonadas sin solución de continuidad. En torno unas pocas playas artificiales se alzan miles de apartamentos con terrazas a modo de mini-solarium, donde cada «guiri» puede comprar su trocito de infierno. Adiós paisaje, nada de agua, mala arquitectura... un disparate sin paliativos que se expresa directamente en alemán. Por si esto fuera poco, hay en proyecto 250.000 nuevas camas turísticas en todo el archipiélago, calculando que en 2006 tendrían que acudir 25 millones de turistas para sacarle rentabilidad. Pero resulta que ahora Marruecos oferta 100.000 plazas en 3.000 km de costa. Cuando parte del turismo se traslade a la otra orilla, ¿qué hacer con toda esa chatarra urbanística y arquitectónica? Aunque no sean comparables la música y el urbanismo, no puedo evitar una asociación de ideas con el reciente concierto de Lorin Maazel y el Maggio Musicale Fiorentino, una orquesta de verano, con un sonido fuerte pero poco sensible e incluso por momentos desafinado. En sus anteriores actuaciones en Compostela, el «mago» nos tenía acostumbrados a otra cosa. Pienso que Maazel, uno de los mejores directores del momento, no se hubiera permitido este concierto en su Francia natal, en sus Estados Unidos de adopción o en Alemania, donde dirigió la Orquesta de la Radiodifusión de Baviera... ante los mismos alemanes, franceses o ingleses que no harían en su tierra lo que aquí se hace para que ellos tomen el sol.