HÉROES DE PEREJIL

IGNACIO RAMONET

OPINIÓN

23 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Conozco personalmente, y desde hace decenios, a dos de los héroes marroquíes del reciente y lamentable psicodrama de Perejil: Mohamed Benaissa, ministro de Asuntos Exteriores, y Mohamed VI, rey de Marruecos. Benaissa es hermano de Taik, uno de mis amigos de adolescencia, antiguo compañero de curso en el Instituo español de Tánger en el que, por cierto, había escasísimos marroquíes. Nacido en Arcila, Taik era un chico alto, bello, de pelo rizado, excelente alumno, elogiado por todos nuestros profesores y cuyo destino se convirtió en enigma. Al acabar cuarto de bachillerato, con apenas 15 o 16 años, decidió marcharse a Estados Unidos. En aquella época, finales de los años 1950, los marroquíes emigraban muy poco. Su país, escasamente poblado entonces, acabada de recobrar -en 1956- su independencia, los europeos se estaban marchando y abandonaban puestos de trabajo, y había por consiguiente numerosas oportunidades para los jóvenes marroquíes con buena formación. Pero Taik, que había aprendido inglés de forma autodidacta, se embarcó un día en un paquebote polaco y se fue a Norteamérica. Al principio nos mandó algunas postales que nos hacían soñar: Nueva York, Chicago, San Francisco... Luego, silencio. Nunca más supimos de él. Muchos años más tarde, conocí a Mohamed, el actual ministro. También éste había tenido un itinerario insólito. Después de estudios brillantes, alcanzó fama internacional como fotógrafo de arte. Durante años, instalado en Roma, fue el fotógrafo oficial de la FAO, la organización de Naciones Unidas para la alimentación. Muy ligado a la generación de grandes pintores, como Melehi y Chebaa, originarios, como él mismo, del ex-protectorado español, Benaissa organizó el ahora célebre Festival de Arcila al que acudían artistas e intelectuales del mundo entero como Passolini, Barthes o Jean Genet. Designado por Hassan II, fue después durante muchos años ministro (brillante) de Cultura. Y luego, antes de recibir la cartera de Relaciones Exteriores, estuvo de embajador en Washington. Le pregunté por Taik. Me reveló que la desaparición de su joven hermano había sido la gran tragedia de su familia. «Fue como si se lo hubiese tragado el infierno». Me contó que él mismo había removido cielo y tierra, hecho toda clase de indagaciones, contratado a detectives privados y movilizado a todas las autoridades. «Una serie de indicios -me dijo en su perfecto castellano- nos hacen pensar que Taik se alistó, con un nombre falso, en el ejército norteamericano. Lo enviaron a Vietnam, a la guerra. Y allí desaparece su rastro...». A Mohamed VI, le conocí de niño. Durante varios años fui su profesor de castellano en el Colegio real del palacio de Rabat. Todos le llamaban entonces, cariñosamente, Smit Sidi , principito. Era un chico encantador, modesto, tranquilo, bastante tímido y muy soñador. Educado con mano muy dura por su padre, hablaba ya un castellano purísimo, con perfecto acento vallisoletano, pues por la real voluntad de su progenitor, desde su nacimiento, todas sus nodrizas y sus hayas habían sido españolas. «Debe usted sobre todo formarle la memoria», me decía Hassan II, «pues el oficio de rey consiste, en gran parte, en pronunciar discursos muchas veces improvisados y hay que poder recordar citas, cifras, nombres y acontecimientos». Yo le hacía recitar de memoria el Platero y yo de Juan Ramón, el Romancero gitano de Lorca, y poemas de Miguel Hernández, que hablaba ya precisamente de los venenosos perejiles ... ¿Por qué cuento todo esto? Porque me irrita profundamente que la mayoría de los grandes medios de comunicación españoles, súbitamente embriagados por un patriotismo colonial decimonónico, traten a estos dos estadistas marroquíes -mucho más cultos que la mayoría de los ministros de Madrid- de poco menos que de chusma moruna o de cafres subdesarrollados . Lo que da idea de la dimensión del fracaso diplomático del Gobierno es que no se hayan conseguido mantener las mejores relaciones con Marruecos precisamente ahora que este país tiene a su cabeza a las dos personas más hispanófonas y más hispanófilas de toda su historia.