A LOS MOROS, NI AGUA

OPINIÓN

21 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

El conflicto de Perejil nos ha dejado claras varias cuestiones. La inestimable ayuda del amigo americano, la capacidad de nuestro Ejército para ganar maniobras militares y las aptitudes mediáticas del ministro Trillo para relatarlas. Y que el perejil es una planta alucinógena. Porque sólo de alucinante puede ser considerado el episodio que, afortunadamente, parece ya cerrado. Pero resuelta esta cuestión, es el momento de hablar de futuro. Y empezar por reconocer que no está nada clara la soberanía del inhóspito territorio, y que la estrategia marroquí no ha sido tan desacertada. Marruecos ha logrado llamar la atención sobre sus apetencias territoriales; ha dividido a la UE y ha puesto a una parte del mundo a su favor. Además, colocó a España contra las cuerdas y ha logrado desviar la atención de su pueblo hacia el exterior, haciéndole olvidar la grave situación interna. El problema comienza ahora. Porque el problema no se llama Perejil. Se llama Marruecos. El problema son las relaciones hispano-marroquíes, repletas de desencuentros, que hay que normalizar de forma inmediata y definitiva. Hay, como señaló acertadamente el ministro de Exteriores Mohamed Benaissa, que «solucionar todas las cuestiones pendientes», que son demasiadas. Ana Palacio y Benaissa ratificarán hoy el acuerdo sobre el peñasco, cerrado con la ayuda de Collin Powell. Pero deben de avanzar hacia una normalización de las relaciones. Y para ello dialogar. Del Sahara, de la inmigración, de las relaciones económicas, de la pesca y del tráfico de drogas. Y también de Ceuta y Melilla. Sin miedo. Porque hablar no significa ceder. Y porque España y Marruecos están condenados a entenderse. Tras la ruptura de las negociaciones pesqueras en los caladeros marroquíes, a un alto responsable del Estado español se le oyó decir que «al moro, ni agua». Que es lo que piensa una parte de la sociedad. Y, claro, con planteamientos así no vamos a ninguna parte.