Eran nuestras colonias. Más de uno de los nuestros tuvo una granja en África, como la de la película. Los negros nos decían masa y así. Lo vivimos como un sueño. A mi madre en Guinea Ecuatorial le pelaban los cacahuetes para que no se molestase. Ahora se mueren de sida. No fallecen de uno en uno, con cuidados médicos en un hospital. No, mueren a lo bestia, en plan plaga bíblica, por las esquinas. La esperanza de vida está en los cuarenta años. Si naces allí, eso es todo lo que puedes aspirar a vivir. Lo reconocemos en un congreso mundial y pasamos página. La memoria de Occidente es tan frágil, papel de fumar. No nos acordamos de cuando España le chupaba el hígado a Guinea. No recuerdan, en Bélgica, cómo explotaban el Congo. Los franceses también han olvidado. Los alemanes, otro tanto. La Commonwealth del Imperio Británico es cerámica decorativa. Ahora los dirigentes corruptos de África le venden el alma a los americanos. Nuestra querida Guinea, que puede ser la Kuwait del Atlántico con sus reservas de petróleo, le ha regalado el negocio a los yanquis a cambio del veinte por ciento. Me río cuando dicen los turistas: «África, un continente virgen». Cómo va a ser virgen alguien que está tan violado. redac@lavoz.es