Leo en una biografía de Leonardo da Vinci -bastante discutible, por cierto- que el gran hombre del Renacimiento ya arremetió hace quinientos años contra los astrólogos y sus malas artes, que definió como «juicio falaz con el que se ganan la vida a costa de los imbéciles». Leonardo pretendía separar el rigor de la astronomía de las memeces de la astrología. De vivir hoy, al pobre le entrarían las dudas sobre si abundan más los falaces o los imbéciles. Desde luego, horóscopos, tarots, cartas astrales y formas variadísimas de escudriñar el futuro -y el pasado- parecen multiplicarse por horas en diarios, revistas, programas de televisión y líneas telefónicas especializadas, sobre todo, en cobrar más. Me sorprende que un negocio tan nefasto avance por la calle de en medio del supercivilizado siglo veintiuno sin que nadie oponga el menor reparo. O quizá no me sorprende. Porque, cuando no se quiere creer en nada, se termina creyendo en todo. Incluso en las paparruchas que alguien escribió desternillándose de risa y sin pensar en los sustos, agobios y falsas esperanzas que puede suscitar en un lector papanatas. Escribir debería dar miedo.