Aunque el seminario me queda muy lejos, perdido en una adolescencia feliz, aún conservo algunas formas de aquella casa que cuido y exhibo con singular esmero. Y por eso espero que me perdonen si aprovecho el Mundial de Fútbol para endilgarles una sesuda lección sobre el futuro de Europa, hablando con metáforas de algunas cosas muy serias. La ocasión no es para menos, después de que la orgullosa selección de Francia mordiese el césped ante Senegal. Eran campeones, y son favoritos para volver a serlo. Acumulan en sus colores toda la experiencia del fútbol europeo. Pagan a sus jugadores con cifras millonarias en euros, y viajan a Corea con un Estado Mayor digno de Napoleón Bonaparte. Pero llegaron los inmigrantes, con Diouf y Biop a la cabeza, y enseguida les enseñaron qué tiene que hacer Europa para renovar su ciudadanía e iniciar con paso firme el camino del futuro. Hace sólo veinte años, Francia podía derrotar a Senegal mientras cantaba la Marsellesa. Pero la Francia de ahora ya suena menos que Europa, su bandera ya es menos deseada que el emblema de las quince estrellas, y los africanos que miran hacia el paraíso terrenal ya distribuyen sus esperanzas en un espacio que va desde el Ártico al Peñón de Gibraltar. Y por eso la antigua colonia se le subió a las barbas, como si quisiese recordarle que el Estado nacional se queda pequeño para el que quiere mantener todos los pabellones invictos. No faltará quien diga que el fútbol es así y que el campeonato no termina hasta el último minuto. Pero también se puede decir que la derrota de los campeones del Mundo es una analogía de la entrada de Alarico en Roma, y el anuncio de un tiempo nuevo en el que Europa se va a ver sometida a la imparable renovación de su estructura social y política. Cada vez es menos posible reproducir toda la fuerza de Occidente en cada uno de sus Estados. Uno por uno nos las pueden dar a todos. Nuestros mejores equipos se quedan debiluchos ¿como las legiones de Roma¿ en cuanto se marchan los bárbaros, y todo indica que nuestro futuro tendrá que ser elegido entre las taifas debilitadas de los Estados o el poder emergente de la Unión. Por eso no pasará mucho tiempo antes de que la Unión Europea se vaya al Mundial con una sola selección (si es escéptico ríase ya aquí), con su bandera azul y estrellada, y con el himno compuesto por Beethoven. Claro que para entonces habrá muchos negros y árabes nacidos aquí, que meterán sus goles en nombre de una Constitución que les garantiza la igualdad, la libertad y la paz, mientras muchos otros negros y árabes vendrán a ver la final de Milán (por ejemplo) sin necesidad de viajar en pateras ni mendigar sus papeles. ¿Que todo esto le parece poesía? ¿Que no vale la pena ponerse trascendentes? De momento ¿unidos en el euro¿ ya nos han derrotado. Lo demás vendrá poquito a poco.