EUNUCOS Y CELIBATO

RAMÓN CHAO

OPINIÓN

09 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuando yo era niño, no se paraba de comentar en Vilalba una homilía de don Adolfo, clérigo de misa y olla, quien desde el púlpito predicara: «El otro día pasé por el río y estaban las lavanderas con las faldas remangadas, que se les veían las nalgas. ¿Y si en vez de ser yo fuera un hombre, qué?». El párroco debía de pensar que él era un eunuco de los que define así Jesús en el evangelio de san Mateo (12.19): «Hay eunucos que salieron así desde el vientre de su madre, y otros han llegado a serlo por la violencia de los hombres; otros se han hecho eunucos a causa del reino de los cielos. ¡Que lo entienda quien pueda!». En estos versículos enigmáticos el teólogo suizo Pierre Bonnard no piensa que Jesús invitase a la continencia a los que quisieran consagrarse al reino de los cielos. Es posible que estas palabras respondiesen a un insulto que los adversarios de Jesús le dirigían a él y a sus discípulos. Los llamaban eunucos porque no habían formado una familia, o la habían abandonado. Los eunucos eran personas incapacitadas para procrear y, por tanto, para formar una familia. Utilizada como insulto, la palabra era muy ofensiva, porque ridiculizaba una carencia muy notable en aquella cultura ¿no casarse, no tener descendencia¿. Jesús acepta el apelativo, pero le da un sentido positivo y una motivación: hay algunos que deciden casarse y no por ello son condenables. Este mes se celebrará el cabo de año (456) de la muerte de Martín Lutero. Los tres principales desacuerdos con el Vaticano del religioso alemán se centraban en la práctica de las indulgencias, la infalibilidad del Papa y la prohibición a los sacerdotes de contraer matrimonio. Unos cuatro siglos se necesitaron para que estas tesis, radicales e inaceptables entonces, se trivializaran hasta el punto de que a nadie se le ocurre ir a comprar ni la bula de la Santa Cruzada de mi niñez. Y mucho teólogos, incluso católicos, ponen en entredicho el que el obispo de Roma no se pueda equivocar. Ahora parece que Juan Pablo II no está en diapasón con las palabras de Jesús. Se muestra adversario del matrimonio de los sacerdotes. Lejos de poder elegir entre las tres posibilidades que les ofrecía su Señor, éstos se encuentran ante un dilema sencillo y brutal: continuar en la Iglesia ocultando su vida en pareja, o renunciar a su vocación y dejar la sotana para salir a la calle sin dinero ni trabajo y rechazados por una parte de la sociedad. El cura de mi pueblo había optado por la clandestinidad. Birreta encasquetada y en sus manos un breviario, callejeaba sin rumbo, pasando y repasando delante de la dulcería, donde amainaba el paso para mirar de reojo al interior de la tienda, lo cual confirmaba las hablillas de que departía con la mujer del pastelero; es decir, que se entregaban a la tarea del toma y el daca, y ella era para el cura como una masa bajo el rodillo y él para la dulcera como el relleno de una caña, mientras que el confitero proclamaba Santiago y cierra, España con el orfeón municipal. Pero las mujeres de Francia prefieren vivir el matrimonio a cielo abierto. Para ello acaban de crear una asociación que se llama así, Vía Clara, en la que reclaman el mismo derecho que tienen todas las católicas y todos los humanos. Se ha formado una comisión tripartita de obispos, sacerdotes y esposas de éstos, para tratar de resolver el problema. Ellas invocan el artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que estipula que a partir de la edad núbil, un hombre y una mujer, sin restricción alguna en cuanto a la raza, la nacionalidad o la religión, tienen derecho a casarse y a crear una familia. Lo cual parece responder a las frases sibilinas de Jesús en san Mateo. Y el cura de mi pueblo no hubiera tenido por qué esconderse.