SUSANA FORTES
10 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Hubo un tiempo en que en la ciudad se daban cita traficantes, espías, periodistas, militares y diplomáticos de toda Europa. El café de París o el Tingis, las legaciones extranjeras, hoteles como El Minzah, los callejones de la medina y el zoco chico fueron escenario de más de una trama de intriga y conspiración. Eran los tumultuosos años treinta en pleno ascenso de la Alemania nazi y en vísperas del estallido de la guerra civil española. En esa época la ciudad tenía estatuto internacional y además era puerto franco, lo que le daba esa pátina entre exótica y cosmopolita que hizo de ella un lugar privilegiado desde el punto de vista literario y cinematográfico. Cuenta Haro Tecglen que en años posteriores las embajadas consulares todavía pagaban por tener acceso a las listas de clientes que se alojaban en los hoteles. Lo que permanece Todo aquel mundo ha desaparecido y sólo queda en las páginas de las novelas y en fotogramas de películas. Sin embargo, ciertas prácticas permanecen porque forman parte de la esencia misma de la ciudad y se mantienen por hábito y quizá por hacer honor a su antigua reputación. Cuando Paul Bowles regresaba a casa de su paseo vespertino, su asistente ya sabía si el té lo había comprado en la herboristería de su cuñado o en cualquier tienda de la competencia. En Tánger nadie vuelve la cabeza, pero todo el mundo vive de el corre ve y dile. No existe, todavía hoy, otro lugar en el mundo donde sea más difícil guardar el anonimato. Por eso, nada resulta más inverosímil que una audencia secreta de altos mandatarios en el céntrico hotel Minzah, tratando de pasar de incógnito. Más allá de las miserias oficiales que dan la talla del gobierno que tenemos, el bulo sobre la inexistente reunión del primer ministro de Marruecos y el ex presidente español, Felipe Gónzalez, en el papel de traidor vendido al enemigo, parece creación de un disparatado superagente 007. Si el incidente no fuera penoso, introduciría una nota de humor en la aburridísima política nacional. Ha sido el propio mito de Tánger, su estigma de nido de espías, el que ha puesto en ridículo a un embajador, al director del diario que publicó el infundio en primera plana, a los servicios secretos y a todo el gobierno. Y es que, para que la imaginación no traicione hasta tales extremos, conviene haber leído a Le Carré. Porque en Tánger los únicos espías que quedan utilizan aún el vaso pegado al tabique. Sobre los callejones de la medina, cae ahora la noche esquinada. En el hotel Minzah, un barman de chaquetilla impecable prepara un whisky-sour mientras los clientes sonríen irónicamente. Afuera el aire esparce en la oscuridad el eco de los últimos rumores. El chiste circula ya por todas partes. Es la venganza de una ciudad.