En la gran noche de Sevilla, cuando se inicia la madrugá del Viernes Santo, desfila por la calle Sierpes el Cristo de la Sentencia. Pilatos, en su papel de juez, lavándose las manos ¿¡plan, rataplán, plan, patán!¿, y Dios bendito, en su papel de criminal, escuchando, dolorido e impertérrito ¿¡plan, rataplán, plan, patán!¿, su sentencia de muerte. Por eso los andaluces, como Pedro Pacheco, saben todo lo que hay que saber sobre la Justicia. Y por eso, por que los hacen bailar a ritmo de tambor y trompeta, ningún sureño se espanta del tejemaneje que se traen esos burócratas resabiados, llamados jueces, que tanto dicen sí como no, o que «un pasito palante, María, y un pasito patrás». La única lección que tienen bien aprendida los pobres jueces es esa de que la justicia humana es falible, y que los recursos están para dar mayor seguridad a las sentencias. Pero a los jueces de hoy habría que recordarles tres cosas que a lo mejor no saben. La primera, que una cosa es fallar ¿del verbo marrar¿ y otra no acertar ni una. La segunda, que no es lo mismo enmendar los errores de una sentencia que andar siempre de canchondeo con el vino y el agua, el día y la noche y el culo y las témporas. Y la tercera, que detrás de sus chorraditas, escritas después del café de las once (los jueces nunca escriben antes de esa hora), hay gente que se juega su honra en lo que parece una lotería de pésimo gusto. La sentencia del Supremo que anula el fallo de la Audiencia Nacional sobre la ilegalidad de la congelación salarial a los funcionarios no es un caso dramático. Pero no quiero dejar pasar la oportunidad de pedir un poco más de rigor ¿científico, que no moral¿ en este tipo de pronunciamientos que comprometen la idea del Estado de Derecho. Porque una cosa es matizar o aquilatar una sentencia, y otra muy distinta este tipo de mayonesa jurídica que nos deja la amarga sensación de que, si la Audiencia Nacional hubiese fallado en contra de CC OO, estaríamos hoy cobrando los atrasos. A lo mejor tiene razón Mariano Rajoy cuando dice que todo es tan lógico y razonable que no cabía otra solución. Y a lo mejor es verdad que el jarro de agua fría del Supremo sirve para disuadir a Hernández Cochón de hacer pleitos contra el antiguo monopolio tabacalero. Pero también pudiera ser que el Supremo haya pactado con Montoro para que, a cambio de otra subida salarial encubierta, se evite el colapso de Hacienda y se mantenga el déficit cero. En ese caso, habrían prevaricado. Y, siguiendo la pauta de sus compañeros, deberían ser expedientados y humillados, obligándoles a vestir capirotes y a hacer penitencia detrás del Cristo de la Sentencia. Sería una pena muy proporcional, y tendrían tiempo para pensar.