RAMÓN PERNAS
26 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Los gallegos, nosotros, somos muy dados a pasar de la autocomplacencia más chauvinista a la más profunda de las depresiones colectivas. La reciente publicación de un estudio realizado o auspiciado por una entidad financiera catalana, acerca de la calidad de vida en España, que relega a Galicia y más concretamente a Lugo a los últimos puestos, abrió de nuevo el discurso ciclotímico. Galicia lleva dos décadas haciendo un esfuerzo por acercarse a la modernidad y lo está consiguiendo. Pasar un par de siglos en dos o tres lustros exige un trabajo titánico que tiene que venir liderado a la fuerza por una sociedad civil que en nuestra tierra es todavía balbuceante, aunque el ejercicio sea meritorio y el resultado final moderadamente adecuado. Galicia ya no es una sociedad eminentemente feudal, pobre y atrasada, y Lugo dejó de ser la ciudad levítica y asfixiante de que fue acusada antaño por sus detractores. Si se mide la calidad de la renta, habría que medir la calidad de los afectos. Frente a las prisas postindustriales tenemos que contrarrestar con los ratios del sosiego. Yo no sé si los autores del estudio incluyeron la palloza para analizar el tipo de viviendas, y en cuanto al medio ambiente, a la calidad del paisaje; en Lugo, desde mi querido Lugo, se puede contemplar el mundo recién inaugurado como en el primer día de la creación. Galicia ya no es la reserva del activo bancario que fue un día, ni la fábrica de mano de obra barata para nutrir las bodegas de la emigración española, europea o americana. Claro que nacen pocos niños, claro que hay ancianos subsidiados, y el mayor número de centenarios por metro cuadrado de todo el Estado. No nos pongamos estupendos, que diría Max Estrella, porque no es oro todo lo que reluce y los guiris de las Baleares o los artesanos de Gerona no son el mejor ejemplo a seguir. Hay que desdramatizar y no verter la ceniza sobre nuestros cabellos al lamentarnos de lo pobres y atrasados que somos. No faltaría más; la calidad de vida también se mide por los ratios intangibles que dan cuenta de la transparencia del aire o de la densidad de la niebla, la intensidad de los verdes, el tamaño de los percebes o el silencio en espera de los teléfonos móviles. Al fin y al cabo, el mejor destino del tiempo es perderlo o malgastarlo. De cualquier manera, debemos ser conscientes de que todavía vivimos al este del edén, al noroeste del edén y que nos queda un poco a trasmano el paraíso. Todo se andará.