EL DILEMA SUCESORIO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

30 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Lo dijo Fraga con todas las letras: «Consultarei a miña sucesión con todo o mundo». Y eso significa que, si Dios providente no lo impide, también me va a llamar a mí, y que un día de estos vamos a tomar un café, mano a mano, en el mismo despacho en el que yo le invité a él, hace quince años, para comentar algunas cosas sobre el futuro imperfecto de Galicia. ¡Y no sé que hacer! Porque tanto Rajoy como Cuiña nacieron conmigo a la política gallega, los dos me quieren con locura, y los dos demuestran capacidad de gobierno y ambición de poder. Y, cuando echo la vista atrás, preguntándome por qué, los veo juntos otra vez, llenos de filial devoción, pidiéndome una chuleta con los versos de Os Pinos, para poder cantarlos hasta el fin, sin titubeos: a redención da boa /nazón de Breogán, /¡nazón de Breogán!, /¡de Bre-o-gaaannn!... tachín, tachán. Por eso me temo que, cuando Fraga me llame, me va a pasar lo mismo que a la chica del anuncio, y que voy a navegar como un tonto por las aguas del dilema: a Mariano lo quiero, pero Pepe me enloquece. Rajoy es un ángel, pero Cuiña es un diablo. Con Mariano sería feliz, y sin Pepe sería un desgraciado. Con éste me iría al fin del mundo, pero sólo con el otro podría quedarme allí. Si por mi fuese, señor Fraga, me iría a Caja Madrid, hipotecaría el futuro, y me compraría a los dos. Pero me temo que el patriotismo constitucional me va a exigir un sacrificio más grande que todo eso, y que, antes o después, me veré obligado a hacer lo mismo que usted: romper el corazón en dos pedazos, y dejar que uno se pudra en la meseta castellana, para que la otra mitad pueda instalarse en Raxoi y conducir a los hijos de Breogán a ese futuro de interminable convergencia con la economía española, y de una perpetua instalación en los fondos de cohesión de la Unión Europea. Claro que lo mejor que me podría pasar es que, si Fraga puede incumplir su palabra, aunque sólo sea una vez, me haga el favor de llamar a todos menos a mi, y que no me obligue a pronunciarme -con dolor de madre- por uno de mis hijos, o a escoger, con dramatismo, entre asfixiarme sin aire o morirme de sed. ¡No me meta en esto, señor Fraga! ¡No me consulte nada, por favor! ¡Acuérdese de que soy un instigador y un desobediente, y no me meta en el lío de una sucesión que para mi, haga lo que haga, siempre estará bien! Eso es lo que deseo. Aunque, conociéndole como le conozco, sé que acabará llamándome para que desempate las preferencias divididas de los otros 2.699.998 gallegos. Y, sólo de pensarlo, se me quita el sueño, en esta noche meiga del bendito San Silvestre.