ROBERTO L. BLANCO VALDÉS EL OJO PÚBLICO
10 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Touriño parecía satisfecho la noche electoral del 21. Y es que, al igual que en general las de la vida, las alegrías políticas son siempre relativas. Aunque, como apunta Anxo Lugilde en su magnífico Fraga después de Fraga, publicado hace una semana por La Voz, la oposición había sido barrida por una especie de tsunami -nombre con que se conocen las olas gigantes en Japón-, Touriño, por quien casi nadie hubiese dado un duro un año antes de las elecciones autonómicas, conseguía no sólo detener una hemorragia que había dejado exhausto a su partido, sino también recuperar a una parte de los miles de electores perdidos en favor del BNG. ¿La fórmula? La misma que un admirable médico rural, mi tío Luis Valdés, recomendaba a sus sobrinos Mario y Mundo cuando, estudiando para licenciarse de galenos, aquéllos se interesaban por como se hacía esto o se hacía aquello. La respuesta de mi tío era invariable: «Pues con mucho cuidado». Así abordó también Touriño su labor: con cuidado fue tejiendo un pacto interno capaz de silenciar las endémicas luchas faccionales; y, con cuidado, planteando un nuevo discurso socialdemócrata y federal con que poder competir por su izquierda y su derecha; y con cuidado, en fin, imponiendo su propio liderazgo y conectándose con quien ahora controla la ejecutiva del PSOE. El premio a ese esfuerzo, lleno de sentido común y de humildad, no ha resultado cuantitativamente arrollador, pero ha sido un premio al fin y al cabo. Y es que los miles de electores que retornaron a su antiguo voto socialista, más las decenas de miles que se mantuvieron en sus trece, reconocían con su apoyo la resurrección de un partido que había desertado en gran medida de sus responsabilidades con Galicia, y había abandonado su trinchera, dejando a su suerte a los votantes que permanecen siempre, por definición, en retaguardia. El PSdeG tiene ahora que decidir si continuará por esa senda, la única que le permitirá abrir la puerta de una alternancia, cada vez más indispensable, en el Gobierno de la Xunta, o retomará su vieja querencia de lanzarse ciegamente a morir al burladero, para que allí lo destrocen los banderilleros y picadores del PP y el BNG. El conflicto de Vigo se inscribe de lleno en esa disyuntiva: a nadie, salvo a los interesados, le interesa ni un pimiento, si Príncipe tiene razón o no la tiene. Pero a todos los socialistas debería de importarles acabar con un follón que puede contribuir decisivamente, como otro tsunami, a llevarse por delante el cuidadoso esfuerzo que ha permitido al PSdeG salir de las catacumbas en que lo habían sepultado docenas de absurdos conflictos similares al de Vigo.