SUSANA FORTES
19 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Auschwitz, 1943: una niña judía corre a recoger su pelota que ha caído a los pies de un SS. Éste le acaricia el pelo mientras la devuelve cariñosamente con una sonrisa a la fila de cientos de niños y mujeres que marchan hacia las cámaras de gas. Varios años después, en un descampado de Cisjordania, un crío palestino, todavía con la mochila del colegio al hombro, se acurruca instintivamente antes de ser tiroteado en directo por los soldados israelíes. Los Balcanes, 1999: Llueve. Es de noche. El escenario esta vez es un bosque en la frontera con Albania por el que avanza pesadamente una patrulla de soldados serbios cubiertos de barro hasta las orejas. Al fondo, las pequeñas aldeas kosovares humean en la distancia envueltas en una nube de pólvora. Meses más tarde, en el mismo lugar, varios guerrilleros del ELK fuman cigarrillos compulsivamente y escupen maldiciones después de tomarse la revancha e incendiar la granja de una humilde familia de refugiados serbios. Nueva York, 11 de septiembre: dos aviones secuestrados por terroristas cruzan el cielo para estrellarse contra las torres del World Trade Center. Los dos edificios de más de 400 metros se desploman uno detrás de otro como gigantes de cristal, sepultando a millares de personas bajo los escombros. Apenas unas semanas más tarde, 50 misiles Tomahawk caen sobre Afganistán. Kabul y Kandahar se quedan a oscuras. Muertos sin nombre. Nada hay más temible que una víctima cuando se convierte en verdugo. La nueva fase de la guerra en la que nos encontramos arranca del lodazal del siglo que hemos dejado atrás. En ella se unen en una amalgama letal la última tecnología con el fanatismo de los millones de desesperados del Próximo Oriente. La fe inquisitorial de los talibanes, con una formación científica de élite adquirida por los terroristas en las mejores universidades norteamericanas y en la propia CIA. La Edad Media y el siglo XXI. No existe defensa ni sanciones posibles contra los autores de los atentados, puesto que son kamikazes que se inmolan a cambio de un lugar en el paraíso de Alá. No hay tampoco límite a la persistencia humana en su desenfreno por repetir una Historia de destrucción: Sabra y Chatila, los Balcanes, Chechenia, Irak, Haití, Ruanda, Angola... Ante la barbarie que consentimos y de la que formamos parte sólo caben dos actitudes posibles: una es aceptar el infierno hasta el punto de no verlo. La otra resulta más difícil y exige lucidez y aprendizaje continuos: «Es buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar», escribió Italo Calvino en el célebre final de Las ciudades invisibles. Tal vez, si eso fuera posible, no todas las guerras estarían perdidas.